Durante la década en la que las series de superhéroes dominaban la televisión, casi todas apostaron por la épica, el drama o la oscuridad. Powerless intentó algo distinto: mirar ese universo desde la perspectiva de los ciudadanos corrientes que solo quieren sobrevivir a la próxima batalla entre héroes y villanos sin que les caiga un edificio encima. La idea era brillante. El resultado, irregular. Y su cancelación temprana en 2017 dejó la sensación de que quizá la serie necesitaba más tiempo para encontrar su tono.
Ambientada en el universo DC, la ficción sigue a Emily Locke (Vanessa Hudgens), nueva directora de I+D en Wayne Security, una subsidiaria de Wayne Enterprises que desarrolla productos destinados a proteger a la población civil del “daño colateral” provocado por los superhéroes. La premisa funciona desde el primer minuto: en lugar de salvar el mundo, los protagonistas intentan sobrevivir al mundo salvado por otros, un punto de vista cómico que conecta con la tradición de la sitcom laboral y que aporta una mirada refrescante dentro del género.
El principal acierto de la serie es su reparto. Hudgens sostiene el optimismo del personaje central con solvencia, mientras que Alan Tudyk, como el inútil y egocéntrico Van Wayne —primo lejano de Bruce Wayne—, se convierte en el auténtico motor cómico de la función. A su alrededor, Danny Pudi, Ron Funches y Christina Kirk aportan un tono de comedia de oficina que, cuando funciona, recuerda a los mejores momentos del género. El problema es que los guiones no siempre están a la altura del talento del elenco, y muchos episodios dependen más de la simpatía de los actores que de la fuerza de los chistes.
La serie sufrió además cambios creativos importantes durante su desarrollo, incluido el abandono de su creador original, lo que explica cierta sensación de identidad inestable en sus primeros episodios. A medida que avanzaba la temporada, el tono mejoró y el humor encontró mayor fluidez, pero el daño ya estaba hecho: las audiencias no acompañaron y NBC canceló la producción antes incluso de emitir todos sus capítulos.
Vista con perspectiva, Powerless no es una gran serie, pero sí un experimento interesante que anticipó algo que el género tardaría años en explotar con más éxito: las historias de superhéroes contadas desde los márgenes, desde quienes no llevan capa ni tienen poderes. Su mayor defecto fue quizá aparecer en un momento en el que el público buscaba precisamente lo contrario: más acción, más épica, más espectáculo. La comedia ligera sobre daños colaterales no parecía suficiente frente a la avalancha de universos compartidos en expansión.
Hoy queda como una curiosidad simpática dentro del catálogo DC televisivo: imperfecta, irregular, pero con una idea lo suficientemente ingeniosa como para preguntarse qué habría pasado si hubiese tenido una segunda temporada.




