MI AMIGA EVA — cuando tener el marido perfecto no te basta

Pero como alguien va a estar casada con Juan Diego Botto… ¿Y va a sentirse insatisfecha? Ése es el gran escollo que tendrás que saltar para meterte en la película. Si lo superas… el resto entra sólo.

Cesc Gay lleva media vida filmando lo que casi nadie filma bien: la conversación cotidiana cuando deja de ser inofensiva. Esa zona donde una pareja no se rompe por un gran trauma, sino por la suma de “ya está” que nadie se atreve a pronunciar. Mi amiga Eva entra ahí con una premisa aparentemente sencilla —una mujer de 50 años descubre, en un viaje a Roma, que aún le queda deseo, curiosidad, hambre— y la convierte en una película sobre el vértigo más antipático de todos: tomar una decisión sin poder justificarla con una tragedia.

Lo interesante no es que Eva se separe. Lo interesante es que la película entiende que, a esa edad, separarse no es una aventura romántica: es un movimiento tectónico que reordena amistades, hijos, horarios, orgullo… y, sobre todo, el relato que te habías contado de ti misma. La mejor versión de Mi amiga Eva funciona como un cuaderno íntimo filmado: escenas que parecen pequeñas, pero que están cargadas de esa incomodidad concreta de los “buenos modales” cuando ya no te sirven para vivir.

Aquí la gran baza es Nora Navas, que le da al personaje algo que el cine suele negar a las mujeres maduras: contradicción sin castigo. Eva puede ser torpe, impulsiva, indecisa, incluso algo egoísta, y aun así seguir siendo humana y cercana. Navas no la interpreta como “mujer empoderada” ni como “madre irresponsable”, sino como alguien que está aprendiendo un idioma nuevo (el de volver a elegir) con la vergüenza de quien no quiere hacer daño pero ya no puede seguir fingiendo.

Ahora: si la película se te queda en la garganta o se te escurre entre los dedos depende de cuánto conectes con el tono. Porque Gay apuesta por una ligereza casi engañosa, como si quisiera que todo fluyera con la naturalidad de una conversación en una terraza… y esa decisión tiene un precio. Cuando las elipsis empiezan a apretar, el film a veces parece montado para saltarse los momentos más conflictivos, como si la historia no quisiera ensuciarse las manos con las consecuencias reales de lo que plantea. Hay pasajes donde la película roza el “apunte” más que el desarrollo: observas, sonríes, entiendes la idea… pero no siempre sientes que haya carne suficiente.

Y sin embargo, incluso en sus tramos más livianos, Mi amiga Eva tiene algo valioso: no convierte la madurez en un “mensaje” ni en una moraleja. No va de “nunca es tarde” como eslogan de taza, sino de algo más incómodo: cuando ya tienes una vida hecha, cambiarla implica aceptar que no hay manera limpia de hacerlo. Habrá daño colateral. Habrá culpa. Habrá días en los que te preguntarás si todo fue un calentón. Y esa duda, filmada sin histeria y sin subrayados, es probablemente lo más honesto de la película.

No es Truman ni Sentimental en empaque y filo, y a ratos se nota como un trabajo menor, más de deriva que de golpe. Pero si entras en su frecuencia, Mi amiga Eva es un relato cálido y reconocible sobre volver a mirarse al espejo y no saber muy bien quién te devuelve la mirada… todavía.