MASPALOMAS — que es un soplo la vida

Hay películas que nacen con un conflicto claro y un objetivo nítido. Maspalomas no: nace con una sensación. La de un hombre que por fin había encontrado un lugar donde su cuerpo podía respirar —sol, deseo, anonimato cómplice— y, de golpe, se ve devuelto a un entorno donde la libertad no se prohíbe, se negocia. Un ictus le rompe el plan y lo empuja a San Sebastián, a la familia que dejó atrás y a la residencia como nuevo ecosistema: pasillos, normas, miradas, silencios. Y lo más cruel: la idea de que, a cierta edad, la sociedad te concede cuidados… siempre que te vuelvas más pequeño.

Lo más valiente de la película es lo obvio: arranca con sexo. No como provocación gratuita, sino como declaración de principios. “Esto existe”. Punto. Y a partir de ahí, el filme hace el movimiento realmente incómodo: pasa del cuerpo liberado al cuerpo vigilado, del placer a la administración, de la playa al fluorescente. Ese contraste —luz cálida vs. grises donostiarras— puede parecer conceptual, incluso esquemático, y ahí está la grieta por donde algunos críticos la atacan: que transforma realidades complejas en símbolos demasiado limpios. Pero también es lo que permite que el golpe se entienda sin necesidad de subrayar: no vuelve al armario por moral, vuelve por supervivencia.

En el centro está José Ramón Soroiz, sosteniendo un personaje que podría haberse quedado en “víctima ejemplar” y que, gracias a él, respira contradicción: culpa por la hija abandonada, orgullo a medias, ternura torpe, miedo viejo. La película, cuando mejor funciona, no busca la lágrima fácil, sino el detalle cotidiano que duele más: la falta de intimidad, el cálculo de lo que dices, la forma en que una institución “protege” recomendándote discreción para no incomodar a los homófobos. Esa es la verdadera violencia aquí: no el puñetazo, sino la hipocresía amable.

Ahora bien: Maspalomas también se juega a veces el tipo con su ambición. Abre muchos melones (familia, vejez, deseo, pandemia, culpa, amistad improbable) y, en ciertos tramos, el equilibrio se resiente: algunas subtramas entran tarde o desvían el foco justo cuando el relato estaba alcanzando su temperatura. Pero incluso ahí hay algo admirable: la película no se reduce a “tema”, no se queda en la postal de corrección. Tiene una fisicidad rara en el cine español reciente, y una idea que se queda pegada: el armario no es un sitio del pasado; es una habitación que se vuelve a construir en cuanto cambia el contexto.

Al final, lo que deja Maspalomas no es la tesis, sino el eco: qué frágil es la libertad cuando depende del entorno, y qué fácil es que una vida entera de conquista se vea obligada a maquillarse de nuevo para encajar en el “no hagas ruido”. Es una película imperfecta, sí, pero con una honestidad poco habitual: no pide permiso para existir.