Macbeth —  la obra maldita que provocó una guerra

En el mundo del teatro hay muchas manías, rituales y supersticiones. Pero ninguna tan persistente —ni tan sangrienta— como la que rodea a Macbeth, la tragedia más corta y feroz de William Shakespeare.
En Reino Unido, pronunciar su nombre dentro de un teatro sigue siendo, para muchos, una provocación directa al desastre. Allí no se dice Macbeth: se dice la obra escocesa. Por si acaso.

No es postureo. No es folklore simpático. Es miedo heredado.

Porque pocas piezas dramáticas pueden presumir de algo así: una leyenda negra alimentada por accidentes reales, muertes documentadas… y una guerra urbana con decenas de cadáveres.

De qué va realmente “la obra escocesa”

Macbeth cuenta la historia de un noble escocés que, tras escuchar la profecía de tres brujas —“serás rey”—, decide forzar al destino. Asesina al rey Duncan, ocupa el trono y, a partir de ahí, entra en una espiral de paranoia, sangre y culpa que arrasa con todo: amigos, enemigos, su esposa y, finalmente, él mismo.

Es una obra sobre la ambición sin freno, el poder como veneno y la violencia como camino sin retorno. Una tragedia donde nadie sale limpio. Ni siquiera el espectador.

Y quizá por eso funciona tan bien. Y quizá por eso da tanto miedo.

Brujas reales, hechizos auténticos y un rey obsesionado

Shakespeare escribe Macbeth en 1606, en plena obsesión europea con la brujería. El contexto importa.

El rey Jacobo I de Inglaterra —antes Jacobo VI de Escocia— estaba convencido de que las brujas existían, conspiraban y actuaban. Tras sobrevivir a una tormenta en alta mar durante un viaje con su esposa Ana de Dinamarca, culpó directamente a la hechicería. Ordenó cazas de brujas y escribió Daemonologie, un tratado que hoy da escalofríos.

Shakespeare lo sabía. Y escribió para él.

Introdujo tres brujas que no solo predicen: invocan, conjuran, manipulan. Sus parlamentos rompen el verso habitual del autor y emplean fórmulas que, según la leyenda, procedían de rituales reales. Ingredientes exactos. Ritmos exactos.

Demasiado exactos.

De ahí nace la superstición: Shakespeare no inventó la brujería. La citó. Y eso, dicen, no se perdona.

La maldición comienza el primer día

Según la tradición, el estreno fue un desastre. El actor que interpretaba a Lady Macbeth enfermó o murió repentinamente. Shakespeare habría tenido que sustituirlo. ¿Es cierto? Probablemente no. Pero el relato prendió.

Y a partir de ahí, la lista de desgracias es tan larga que cuesta despacharla como coincidencia.

Dagueros reales en escena. Actores apuñalados. Incendios. Caídas mortales. Bombas. Enfermedades. Escenógrafos suicidados. Retratos que se desploman el día del estreno.

Incluso Laurence Olivier estuvo a punto de morir aplastado por un contrapeso durante un ensayo. La noche del estreno, la directora del teatro falleció de un infarto.

¿Casualidad? Puede.
¿Demasiadas casualidades? También.

1849: cuando Macbeth mató de verdad

Pero hay un episodio que convierte la leyenda en Historia con mayúsculas.

Nueva York. Astor Opera House. 1849.

Dos actores interpretan Macbeth en producciones rivales:
el británico William Charles Macready
y el estadounidense Edwin Forrest.

No es solo teatro. Es política. Es clase social. Es identidad nacional.

Los partidarios de Forrest —clase trabajadora, nacionalistas, antiélite— asaltan el teatro donde actúa Macready. La policía interviene. El ejército dispara.

Resultado: al menos 20 muertos y más de 100 heridos.

Una obra. Un título. Un motín.
Macbeth ya no era solo maldita: era mortal.

¿Superstición… o pura estadística?

Hay quien intenta explicar la maldición sin brujas:

  • Es una obra muy representada → más funciones, más accidentes.
  • Tiene muchas escenas de lucha → riesgo real.
  • Es cara de producir → se usaba como “último cartucho” de teatros en crisis.
  • Cuando aparecía en cartel, algo iba mal.

Y aun así, incluso los escépticos bajan la voz cuando están entre bambalinas.

El ritual por si la nombras

Porque por si acaso, existe un protocolo.

Si alguien dice Macbeth dentro de un teatro:

  1. Salir del edificio.
  2. Dar tres vueltas.
  3. Escupir.
  4. Maldecir.
  5. Llamar a la puerta y pedir permiso para volver.

Ridículo. Infantil.
Y absolutamente respetado.

La obra maldita sigue viva

Hoy, cuatro siglos después, la obra escocesa sigue representándose. Sigue fascinando. Sigue dando miedo. Y sigue generando una tensión única: la sensación de que algo puede salir mal en cualquier momento.

Quizá porque habla de lo que nadie quiere reconocer:
que el poder corrompe,
que la ambición devora,
y que hay decisiones que, una vez tomadas, ya no permiten vuelta atrás.

Nadie cree en las brujas.
Pero en el teatro… mejor no tentar al destino.