Hay películas que parecen hablar de un tema concreto y, sin embargo, están hablando de otra cosa mucho más incómoda. Los domingos, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, se presenta en superficie como el retrato de una adolescente que decide entrar en un convento de clausura. Pero sería un error —y uno muy cómodo— reducirla a eso. La película no va de vocación religiosa: va de cómo una familia se resquebraja cuando uno de sus miembros toma una decisión que no encaja en el marco de lo esperado.
Ainara tiene 17 años. Es buena estudiante, ha perdido a su madre y vive en un entorno familiar aparentemente funcional. Un día anuncia que quiere ser monja. No como arrebato, no como provocación, no como rebeldía adolescente. Lo dice con una calma que, precisamente por eso, resulta devastadora. A partir de ahí, Los domingos se convierte en una película sobre reacciones: la pasividad del padre, la angustia racional de la tía, la contención incómoda del resto del entorno. Nadie sabe muy bien qué hacer con esa decisión porque nadie sabe muy bien qué lugar ocupa la fe —o la libertad— en su propia vida.
El cine de Alauda Ruiz de Azúa: mirar sin subrayar
Si algo consolida Los domingos es la coherencia de una autora que ya había demostrado en Cinco lobitos y Querer una capacidad poco común para filmar los vínculos sin dictar sentencia. Ruiz de Azúa no empuja al espectador hacia una conclusión moral clara. No hay discursos finales ni moralejas disfrazadas de epifanía. La cámara observa, escucha y, sobre todo, se retira lo justo para que sean los personajes quienes se expongan.
La puesta en escena es sobria hasta rozar lo ascético: planos contenidos, diálogos que parecen cotidianos pero están cargados de tensión subterránea, silencios que pesan más que las palabras. La película se articula a partir de lo que no se dice, de lo que se evita, de lo que se posterga. Como en la vida. Como en cualquier conflicto familiar real.
¿Objetividad o tesis encubierta?
Parte del debate crítico en torno a Los domingos gira en torno a su supuesta “equidistancia”. ¿Es una película neutral? ¿O es, en realidad, una obra de tesis cuidadosamente disimulada? Ruiz de Azúa no muestra el origen de la fe de Ainara; cuando empieza la película, la decisión ya está tomada. Esa omisión no es inocente. El espectador no puede analizar el proceso, solo contemplar sus consecuencias.
Esto provoca una fricción incómoda: para algunos, la película es un ejercicio de respeto absoluto hacia la vivencia íntima de la fe; para otros, un relato que legitima el silencio como argumento, poniendo en el mismo plano el racionalismo desesperado de la familia y una fe que no necesita explicarse. Los domingos no plantea preguntas de forma explícita, pero las deja flotando con una insistencia perturbadora:
¿hasta qué punto comprender es aceptar?, ¿cuándo el amor se convierte en imposición?, ¿qué ocurre cuando la fe funciona como refugio ante el duelo?
Familia, tradición y una violencia sin golpes
La película es especialmente lúcida al retratar una contradicción muy reconocible en la sociedad española: una relación cultural con la religión que es a la vez omnipresente y profundamente hipócrita. Bautismos por inercia, colegios católicos, funerales ritualizados… y, al mismo tiempo, una desconfianza casi automática hacia cualquier forma de fe llevada hasta sus últimas consecuencias.
En ese contexto, Ainara no es solo una joven creyente: es un espejo incómodo. Su decisión pone en evidencia las grietas morales de su entorno. El personaje de la tía, interpretado con una precisión dolorosa por Patricia López Arnaiz, encarna la razón que pierde las formas, el amor que se transforma en control, la defensa de la libertad que termina siendo coercitiva. Nadie queda a salvo. Ni siquiera el espectador.
¿Drama o película de terror?
No es descabellado que parte de la crítica haya definido Los domingos como una de las películas más inquietantes del año. No por lo que muestra, sino por lo que sugiere. Desde una lectura laica, la historia puede vivirse como el relato de una captación emocional, de una menor vulnerable que encuentra respuestas simples a un dolor complejo. Desde una mirada creyente, puede entenderse como la historia de una llamada legítima que el mundo moderno es incapaz de aceptar.
La grandeza —y el riesgo— de la película está ahí: funciona en ambos planos. Y esa ambigüedad no es cómoda. No tranquiliza. No reconcilia. Deja un poso incómodo que obliga a hablar de ella al salir del cine, igual que esa familia que no logra ponerse de acuerdo, ni siquiera cuando el conflicto ya es irreversible.
Una voz ya imprescindible
Ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, Los domingos confirma a Alauda Ruiz de Azúa como una de las cineastas más relevantes del cine español contemporáneo. No por su capacidad para provocar, sino por algo mucho más difícil: su talento para mirar de frente sin levantar la voz, para filmar el dolor, la fe y la familia sin convertirlos en consignas.
Los domingos no ofrece respuestas. Ofrece un espacio incómodo donde conviven la devoción, el miedo, el amor y la frustración. Y en una época obsesionada con posicionarse rápido y gritar más fuerte que el de enfrente, eso —quizá— es lo más radical que puede hacer una película.




