Los años nuevos: el amor cuando el tiempo deja de ser una promesa

Con Los años nuevos, Rodrigo Sorogoyen firma —junto a Sara Cano y Paula Fabra— su proyecto más íntimo y, probablemente, el más desarmante. Estrenada en Movistar Plus+, la miniserie propone una idea tan sencilla como demoledora: diez episodios, diez Nocheviejas, diez años en la vida de una pareja.

Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril) se conocen la noche en la que ambos cumplen treinta años —ella el 1 de enero, él el 31 de diciembre— y esa coincidencia mínima se convierte en el anclaje simbólico de toda la serie. A partir de ahí, Los años nuevos no avanza mediante giros de guion ni golpes de efecto, sino a través de elipsis, silencios y desgaste. Lo importante no es lo que pasa entre episodios, sino lo que queda fuera: los cambios invisibles, las renuncias que no se verbalizan, las expectativas que se desplazan sin avisar.

Las comparaciones con Boyhood o la trilogía Antes de… de Richard Linklater son inevitables, pero Sorogoyen y su equipo no buscan el experimento formal ni el romanticismo del reencuentro. Aquí el amor no se idealiza: se observa. La serie disecciona la vida en pareja desde la treintena hasta el umbral de los cuarenta con una honestidad casi incómoda, atendiendo tanto a la relación amorosa como a todo lo que la rodea: trabajo, amistades, familia, precariedad, deseo de futuro.

El tono es deliberadamente cotidiano. Conversaciones largas, discusiones aparentemente banales, cenas familiares que se estiran hasta volverse insoportables. Los años nuevos confía en la acumulación y en el detalle, y exige al espectador un compromiso poco habitual en la ficción seriada actual. A cambio, ofrece una sensación de verdad difícil de encontrar: la de estar asistiendo a fragmentos de vida, no a escenas diseñadas para el lucimiento.

Buena parte de ese efecto se sostiene sobre el trabajo de Iria del Río y Francesco Carril, que construyen a Ana y Óscar desde lo mínimo: miradas, pausas, cuerpos que se acercan y se alejan. La dirección, compartida con Sandra Romero y David Martín de los Santos, apuesta por un realismo depurado, donde el gran angular y la puesta en escena abierta subrayan tanto la intimidad como la soledad.

Dividida en dos bloques (2015–2019 y 2020–2024), la serie gana densidad emocional conforme avanza. La segunda mitad, más consciente del paso del tiempo y de la pérdida, culmina en un episodio final resuelto como plano secuencia, una decisión formal que no busca exhibicionismo, sino coherencia: la vida no corta, no monta, no da respiro.

Los años nuevos no ofrece respuestas ni moralejas. Su potencia reside precisamente ahí: en observar cómo el tiempo transforma a las personas sin pedir permiso, y en plantear una pregunta incómoda y universal —si la vida que llevamos es realmente la que queríamos vivir—. Una serie serena, exigente y profundamente generacional, que confirma que Sorogoyen también sabe mirar cuando deja de empujar.