La muerte os sienta tan bien: Broadway convierte el veneno en espectáculo

En Broadway, ahora mismo, hay un musical que no se conforma con gustar: arrastra público, crítica y nominaciones. Se llama La muerte os sienta tan bien —título con el que conocimos en España la película de 1992— y hace exactamente lo que promete: convertir la vanidad, la rivalidad y el terror a envejecer en un espectáculo grande, afilado y plenamente consciente de sí mismo.

Basado en el film dirigido por Robert Zemeckis, el musical —con libreto de Marco Pennette y música y letras de Julia Mattison y Noel Carey— ha logrado lo que tantas adaptaciones sueñan y pocas consiguen: entender mejor que el original por qué esta historia sigue funcionando hoy. No intenta “dignificar” el material ni pedir perdón por su exceso; lo abraza. Y, al hacerlo, convierte el camp, el humor negro y el body horror en un lenguaje teatral de primer nivel.

Tras un estreno muy celebrado en Chicago en la primavera de 2024, el montaje aterrizó en el Lunt-Fontanne Theatre en noviembre de ese mismo año. El salto no fue un simple traslado logístico: fue la confirmación de que esto venía con vocación de largo recorrido. La recepción crítica ha sido mayoritariamente entusiasta, con elogios recurrentes a su ritmo, su puntería cómica y, sobre todo, a su capacidad para traducir al escenario los “imposibles” visuales de la película mediante una mezcla de coreografía, trucos escénicos e ilusiones.

Broadway jugando en la liga correcta

La clave del éxito está en saber a qué juego se juega. Pennette, con oficio de comedia televisiva, no se limita a calcar el guion: reordena y afila el material para que el foco quede firmemente en el duelo central. Y Mattison y Carey componen desde dentro del género: parodian las convenciones del musical al mismo tiempo que las ejecutan con precisión, permitiendo que el espectáculo sea excesivo sin que parezca improvisado. En Broadway, esa diferencia se nota.

Un duelo de titanes (y de divas)

El corazón del montaje es el combate —y la química— entre Madeline y Helen. Megan Hilty y Jennifer Simard convierten la rivalidad en una máquina de comedia de relojería fina, sin perder de vista lo que subyace: el miedo a volverse prescindible en una cultura obsesionada con la juventud. La poción no es un gimmick; es la excusa perfecta para hablar de una industria —y de un mundo— que premia la superficie, castiga el tiempo y enfrenta a las mujeres entre sí.

A su alrededor, Michelle Williams compone una Viola Van Horn más cercana a una hechicera pop que a una villana clásica, envuelta en el vestuario exuberante de Paul Tazewell —no por casualidad, el musical se alzó con el Tony al Mejor Diseño de Vestuario—.

Exceso con método

La puesta en escena se construye como un desfile de decisiones visuales bien calibradas. La escenografía se mueve con lógica casi cinematográfica; el vestuario juega a ser arquitectura; la iluminación pinta el escenario con una sensualidad púrpura que termina formando parte del relato. Y cuando llega el momento de los golpes, caídas imposibles y cuerpos descompuestos, el musical no se corta: lo vuelve coreografía, lo vuelve chiste, lo vuelve número. Lo grotesco se vuelve elegante por la vía de la precisión.

Un éxito con músculo industrial

En términos de industria, también es un título con recorrido. A las diez nominaciones a los Premios Tony se suma una gira norteamericana ya planificada para 2026, señal inequívoca de tracción real. No es un fenómeno de estreno: es un producto diseñado para quedarse, situado además en un punto dulce del mercado. El público sigue queriendo grandes espectáculos adultos, cínicos y divertidos; la condición es que estén hechos con este nivel de oficio.

Si la pregunta es qué está funcionando ahora mismo en Broadway, La muerte os sienta tan bien es una respuesta clara. Un musical que entiende el legado de los noventa, lo amplifica sin complejos y lo traduce a un idioma escénico contemporáneo: diva, crueldad, brillo y una carcajada que, si te descuidas, te deja el cuerpo hecho un puzzle.