Hay algo profundamente reconfortante en comprobar que el cine español, de vez en cuando, decide abandonar la comedia de brocha gorda para recuperar la sátira con colmillo. La cena, la nueva película de Manuel Gómez Pereira, no es solo una historia sobre un banquete en la posguerra; es un ejercicio de funambulismo narrativo sobre el abismo de nuestra memoria histórica, donde la risa funciona como único salvoconducto para no mirar directamente al horror.
Basada en la obra de José Luis Alonso de Santos, la premisa es puro combustible cómico: Franco quiere celebrar su victoria con una cena de gala en el Hotel Palace, pero hay un pequeño inconveniente logístico… los mejores chefs del país están encarcelados por “rojos”. Lo que sigue es una carrera contrarreloj en la que la supervivencia se cocina entre fogones, órdenes militares y silencios peligrosos, demostrando que en ciertas épocas un soufflé podía valer más que una vida.
Un dúo dinámico entre el orden y el caos
El gran motor de la cinta es la química entre sus protagonistas. Alberto San Juan, como el maître Genaro, compone un personaje memorable: un “humanista de la supervivencia” que navega entre la dignidad y el pragmatismo con una elegancia que recuerda a la gran comedia europea clásica. A su lado, Mario Casas confirma definitivamente su madurez interpretativa con el teniente Medina, un militar que intenta mantener la disciplina mientras el caos se instala en cada rincón del hotel. Casas entiende el tono y juega con una contención que permite que el humor surja de la situación, no del exceso.
Mención aparte merece Asier Etxeandia, cuya presencia introduce la tensión necesaria para que la comedia nunca se vuelva cómoda. Su personaje bordea el arquetipo del oficial brutal, pero el actor lo carga de electricidad escénica, generando una amenaza constante que eleva la apuesta dramática del conjunto.
El espíritu de Berlanga sigue vivo
Gómez Pereira, junto a Joaquín Oristrell y Miguel Ángel García Serrano, firma una película coral que logra lo que muchas adaptaciones teatrales no consiguen: que el espacio respire. El Hotel Palace se convierte en un organismo vivo, un laberinto de pasillos, cocinas y salones donde la cámara se mueve con fluidez, permitiendo que el enredo crezca de manera orgánica.
La película bebe claramente del espíritu de Berlanga, especialmente de La vaquilla, en su mirada sobre la mezquindad, la picaresca y el absurdo de una España donde unos pasaban hambre mientras otros discutían el menú. El humor negro funciona porque nace de la desesperación real de sus personajes: hombres que pasan de la cárcel a la cocina sabiendo que su destino depende de que la cena salga perfecta.
Luces y sombras: un postre algo apresurado
Si hay un punto donde la película pierde parte de su fuerza es en la resolución. Tras una construcción brillante del enredo y una primera parte de ritmo impecable, el desenlace opta por cierta aceleración narrativa que reduce la sensación de peligro acumulado. Algunos giros resultan más funcionales que inevitables, y el guion parece suavizar su propia mala leche en favor de un cierre más accesible.
No arruina el conjunto, pero deja la sensación de que un último golpe de ironía —un final más cruel, más berlanguiano— habría elevado la película a una categoría aún mayor.
Conclusión
La cena es una excelente noticia para el cine español: demuestra que es posible hacer comedia comercial con inteligencia, memoria histórica y una puesta en escena elegante sin caer en el panfleto ni en la nostalgia hueca. No alcanza la genialidad absoluta de los grandes clásicos del género, pero se acerca lo suficiente como para recordarnos que, en los momentos más oscuros, la risa siempre ha sido una de las formas más resistentes de supervivencia.




