La canción: cuando Eurovisión fue propaganda… y también pop a bocajarro

Plataforma: Movistar Plus+ (miniserie completa, 3 episodios)

La canción parte de una premisa tan española que parece inventada por Berlanga en modo ye-yé: 1968, RTVE recibe “la orden de arriba” de ganar Eurovisión y un joven ejecutivo con hambre de ascenso (Patrick Criado) se mete a producir un milagro televisivo a contrarreloj. Lo mejor es que la serie no se limita a recrear la anécdota del “La, la, la”, sino que la usa como bisturí: una España que quiere parecer moderna por fuera mientras por dentro sigue oliendo a despacho, tabaco y miedo.

La estructura, inteligente y muy agradecida, funciona como una buddy movie de pasillo institucional: Esteban Guerra (Criado) y Artur Kaps (Àlex Brendemühl) avanzan entre ministros, censores y egos como quien atraviesa un campo minado con traje y corbata. Criado clava ese tono de “trepa con remordimientos a plazos”, y Brendemühl convierte a Kaps en un productor con colmillo y encanto, un tipo capaz de venderte un país entero con una sonrisa y un foco bien puesto.

Y entonces aparece ella. Carolina Yuste entra tarde, pero entra como un huracán: su Massiel no va de imitación-cromo, sino de energía y oficio, de artista que entiende que la están usando… y aun así decide ganar igual, aunque sea por pura combustión interna. La serie se permite además el lujo de hacer que el pop sea tensión, que los ensayos parezcan operaciones quirúrgicas y que el glamour londinense sea una capa de purpurina sobre una maquinaria política que no entiende de música, solo de relato.

A nivel formal, el contraste está muy medido: RTVE como jaula fluorescente frente al estallido colorista del Eurovisión de época, con una puesta en escena que juega a la reconstrucción sin volverse museo. Y el tono, en general, acierta: humor con retranca, nostalgia sin azúcar y una melancolía de fondo que se cuela cuando la serie recuerda que, en el franquismo, incluso el entretenimiento era un trámite ideológico.

Donde a veces se queda con ganas de morder más es en su propia ambición: tres episodios saben a poco para tantas derivadas (censura, diplomacia cultural, industria musical, egos, y el “coste” humano de fabricar un símbolo). Aun así, la serie compensa esa falta de metraje con ritmo y con una idea muy clara: la victoria no fue solo una canción pegadiza; fue un acto de ingeniería televisiva, un artefacto de imagen-país.

Y dos apuntes que redondean el contexto real (y que la serie podría haber verbalizado más): en aquellos años Eurovisión exigía cantar en un idioma oficial del país (norma que estuvo vigente en buena parte del periodo 1966–1973), así que el conflicto Serrat/catalán, más allá de la política doméstica, chocaba también con la propia letra pequeña del festival. Y, ya en el apartado musical, en esa España eurovisiva convendría recordar nombres como Juan Carlos Calderón, figura clave en arreglos y dirección musical de varias candidaturas históricas (aunque aquí el foco esté, con razón, en el terremoto Massiel).

En resumen: La canción es entretenimiento con cerebro. Una miniserie que se ve del tirón, que entiende el poder del espectáculo y que convierte un capítulo mítico del imaginario colectivo en algo más incómodo y más jugoso: la historia de cómo un estribillo puede ser, a la vez, pop, pantalla… y política.