Hay películas que saben perfectamente lo que son desde el minuto uno. La asistenta es una de ellas. No aspira a ser Perdida, ni a competir con Fincher, ni siquiera a esconder la comparación. De hecho, juega con ella. La mira de frente, se encoge de hombros y decide irse por otro camino: el del thriller noventero descarado, sensual, tramposo y orgullosamente “camp”.
La premisa es conocida hasta la saciedad —una joven con un pasado turbio entra a trabajar en la casa de una familia rica que esconde algo—, pero Paul Feig entiende que aquí el interés no está en el qué sino en el cómo. Y sobre todo en el cuánto está dispuesto el espectador a dejarse llevar por una historia que se retuerce a sí misma sin pudor. A partir de cierto punto, La asistenta no intenta engañarte: te pide que aceptes el juego. Si lo haces, gana.
Feig no es un estilista ni un autor que eleve el material por encima de sus limitaciones, pero sí tiene algo muy valioso: sentido del humor y ausencia total de vergüenza. Donde otras adaptaciones similares se sienten acomplejadas o excesivamente solemnes, La asistenta se relaja, se desmelena y abraza su condición de telefilme vitaminado con presupuesto medio. El resultado es un pasatiempo adictivo, más cercano a La mano que mece la cuna o Mujer blanca soltera busca… que al thriller psicológico moderno de prestigio.
El verdadero motor de la película está en sus dos protagonistas. Sydney Sweeney juega a la ambigüedad funcional: misterio, sensualidad y un punto irónico que encaja a la perfección con una historia que nunca pide realismo psicológico. Pero es Amanda Seyfried quien se lleva la función. Su interpretación es un espectáculo en sí mismo, una especie de caricatura elegante que oscila entre lo inquietante y lo abiertamente delirante, consciente de que aquí el exceso no solo está permitido, sino que es la norma.
Narrativamente, La asistenta vive del truco más viejo del cine: ocultar información y repartirla con cuentagotas cuando más conviene. A veces se nota el regate, incluso se siente tramposa… pero también hay algo reconfortante en dejarse engañar cuando el artificio está bien calibrado. La película avanza encadenando giros como una torre de Jenga narrativa que amenaza con venirse abajo, pero aguanta lo justo para cruzar la meta con dignidad.
¿Es una gran película? No. ¿Tiene interés artístico real? Tampoco. ¿Importa? En absoluto. La asistenta es comida rápida, sexy y sin complejos. Un thriller erótico fuera de su tiempo, consciente de su intrascendencia y, precisamente por eso, sorprendentemente liberador en el panorama actual. De perdidos al río, sí. Pero con una sonrisa.




