‘Gypsy’: El thriller erótico de Netflix que se quedó en agua de cerrajas (y lino caro)

Hubo un tiempo en que Netflix cancelaba series y nos dolía. ‘Gypsy’ fue una de ellas, pero viéndola con perspectiva, quizás fue un acto de misericordia. Tenía un pedigrí de infarto: Naomi Watts (Mulholland Drive), Billy Crudup (Almost Famous) y Sam Taylor-Johnson (la directora que intentó salvar Cincuenta sombras de Grey). El tráiler prometía un thriller erótico de los 90, una especie de ‘En tratamiento’ cruzado con ‘Breaking Bad’ versión encimeras de cocina de mármol y copas de vino tinto del tamaño de una pecera.

¿El resultado? Un diagnóstico erróneo que nos dejó a todos en la sala de espera.

La premisa: Jean Holloway y su doble vida (de lino)

La serie sigue a Jean Halloway (Watts), una terapeuta de Manhattan con una vida aparentemente perfecta: un marido abogado y guapo (Crudup), una hija adorable y una casa de esas que gritan «éxito» en cada pomo. Pero Jean se aburre. Mucho. Y decide que la mejor manera de animar sus días es meterse —de forma totalmente ilegal y poco ética— en la vida privada de sus pacientes.

Aquí es donde entra Sidney (Sophie Cookson), la exnovia de uno de sus clientes. Jean se obsesiona con esta barista/cantante de rock (una colección de clichés millennials de Brooklyn) y se crea un alter ego, Diane, una periodista independiente lista para experimentar con drogas y Chardonnay por la mañana.

El problema: Lento… muy… lento

El principal pecado de ‘Gypsy’ es que avanza a la velocidad de un glaciar. La tensión sexual que se supone que existe entre Watts y Cookson carece por completo de química. Pasan episodios enteros merodeando la cara de la otra, coqueteando en cafeterías e intercambiando mensajes de texto furiosos. Demasiados. Mensajes.

Si yo fuera el terapeuta de la serie, le sugeriría que dejara de tomarse tan en serio. Que acelerara el ritmo y nos diera algo que nos importara. Porque nadie quiere bailar tan despacio.

Jean no es una antiheroína compleja como Walter White; es simplemente una mujer un poco tonta y antipática que abusa de su posición. Los diálogos rozan la parodia de la psicología pop, con perlas como «Ten en cuenta que no puedes curar a todo el mundo» leídas directamente del libro de clichés de Fisher-Price.

¿Mito o realidad técnica?

A pesar de la ejecución pesada, no todo es desastroso. Naomi Watts, como siempre, está bien. Es capaz de interpretar emociones complejas bajo la superficie de la vida cotidiana. Incluso hay momentos divertidos, como cuando explota con las madres competitivas en la fiesta de cumpleaños de su hija. Billy Crudup, por su parte, hace lo que puede en su papel de «buen padre», reaccionando ante el comportamiento cada vez más errático de su esposa.

Lo único verdaderamente positivo es que la serie intenta explorar el deseo de una mujer de mediana edad de seguir siendo deseada y mantener una conexión con su lado joven y libre. Pero Jean no es lo suficientemente simpática ni enigmática como para llevarte con ella.