Panahi lleva años filmando con una cámara que funciona como contrabando: no solo por cómo (rodajes furtivos, sin permiso oficial), sino por para qué. En Fue solo un accidente, ese “para qué” se vuelve frontal, casi insolente: un thriller de apariencia mínima que, en realidad, es una bomba ética de relojería sobre la violencia de Estado y lo que deja dentro de las víctimas cuando el sistema ya ha pasado página (si es que alguna vez la pasó). No extraña que saliera de Cannes 2025 con la Palma de Oro.
La premisa es tan sencilla que da miedo. Un hombre tiene un pequeño percance nocturno en carretera —un golpe, un animal, un fallo mecánico— y acaba en un taller. Allí, el mecánico, Vahid, reconoce algo en él: una cojera, un gesto, una presencia. Lo que sigue no es una investigación “de cine”, sino un cortocircuito de memoria traumática: Vahid lo secuestra convencido de que es su antiguo torturador, y empieza una odisea en furgoneta para confirmar una identidad que el propio trauma vuelve borrosa. Porque cuando te vendaron los ojos, ¿qué prueba te queda? ¿La voz? ¿El olor? ¿El modo de humillar?
Y ahí está el hallazgo: Panahi no construye un whodunit tradicional, sino un “¿y ahora qué?” permanente. La película se alimenta de discusiones, dudas, alianzas incómodas y un juicio improvisado entre ex presos políticos que no comparten la misma brújula moral. Unos quieren cerrar el círculo a mordiscos; otros temen convertirse, por fin, en aquello que más odian. El suspense nace menos del peligro físico que de la pregunta que nadie quiere formular en voz alta: si la justicia no existe, ¿la venganza es justicia… o solo otra forma de cárcel?
El tono, además, es traicionero (en el mejor sentido): Panahi cuela comedia negra y absurdo burocrático —la corrupción convertida en rutina, el soborno como protocolo social— sin “aliviar” el horror, sino para subrayar lo monstruosamente normalizado que está. Esa mezcla de realismo callejero y pesadilla cotidiana hace que el thriller funcione como entretenimiento y como acusación política a la vez; de hecho, la crítica internacional la ha abrazado precisamente por ese filo: tensión sostenida, pero también un dardo clarísimo contra el autoritarismo.
En lo formal, la película juega a la austeridad: espacios cerrados, desplazamientos, rostros que discuten en primer plano, y una sensación constante de “esto podría estar pasando ahora mismo, a dos calles”. Esa apariencia casi doméstica (que a otros directores les quedaría pobre) aquí es coherente: no hay estilización que proteja al espectador. Y cuando llega el final —seco, incisivo— la película termina de colocarte la pregunta en el estómago, no en la cabeza.
Panahi, en resumen, firma un thriller donde el MacGuffin no es “atrapar al culpable”, sino decidir qué te queda cuando el culpable (si lo es) está atado en el maletero y tú sigues siendo tú. Si entras por la intriga, te quedas por la herida.
Lo mejor: cómo convierte un dilema moral en motor de suspense, sin subrayados; la mezcla de sátira y terror cotidiano; el peso político sin perder el pulso de thriller.
Lo peor: su desnudez puede parecer “poca cosa” a quien espere épica o grandes set pieces; aquí la violencia es más rumor que espectáculo, y exige que el espectador complete el dibujo.




