FRANKENSTEIN — Guillermo del Toro y el monstruo como espejo

Guillermo del Toro llevaba toda una vida dirigiéndose, consciente o no, hacia Frankenstein. No como encargo ni como revisión oportunista, sino como destino natural: la historia que contiene, en bruto, todas sus obsesiones. Padres que fallan, hijos abandonados, cuerpos marcados, monstruos más humanos que quienes los señalan. Su adaptación no pretende ser definitiva ni moderna en el sentido industrial del término, sino profundamente personal.

La película se articula en dos mitades claras. La primera observa a Victor Frankenstein —un Oscar Isaac contenido y cruel— como un artista de la ciencia devorado por su propio ego. La segunda se entrega al punto de vista de la Criatura, encarnada por un Jacob Elordi sorprendentemente delicado, que dota al monstruo de una mezcla de fragilidad, curiosidad y dolor que sostiene todo el film. Del Toro no tiene dudas: aquí el verdadero horror no es lo creado, sino quien crea sin asumir responsabilidad.

Visualmente, Frankenstein es un festín gótico. La fotografía de Dan Lausten y la música de Alexandre Desplat construyen una atmósfera de belleza fúnebre, heredera directa de las ilustraciones de Bernie Wrightson y del romanticismo oscuro que Del Toro ya exploró en La cumbre escarlata. Cada plano parece pensado como una estampa: velas, daguerrotipos, piel cosida, luz que acaricia más que ilumina.

El problema —porque lo hay— surge cuando esa belleza amenaza con asfixiar el conflicto. El film es largo, solemne y a ratos excesivamente reverencial. Algunos personajes secundarios (especialmente el interpretado por Christoph Waltz) carecen del peso dramático necesario, y ciertas decisiones —como enfriar las relaciones afectivas de Victor— empobrecen el dilema moral que la novela de Mary Shelley planteaba con más ambigüedad.

Aun así, cuando Del Toro acierta, lo hace con una convicción arrolladora. Las escenas entre la Criatura y el anciano ciego, la reivindicación del deseo de pertenencia, la idea de que nadie pide nacer, pero todos cargan con la herida de haberlo hecho… ahí la película encuentra su alma. No es un horror de sustos, sino de abandono. No busca aterrar, sino doler.

Frankenstein no reinventa el mito, pero lo reordena desde la compasión. Es una obra imperfecta, a veces pesada, a veces excesivamente subrayada, pero coherente hasta el final con el universo de su autor. Puede que no sea la mejor película de Del Toro, pero sí la más inevitable. La que tenía que hacer.

Lo mejor: la Criatura de Jacob Elordi y la coherencia temática con toda la filmografía de Del Toro.
Lo peor: su exceso de solemnidad y un metraje que diluye parte de su potencia filosófica.