Algo se rompió en Pixar en 2011, con Cars 2: fue la primera vez que el estudio pareció trabajar “por encargo” y, desde entonces, su infalibilidad dejó de ser una certeza para convertirse en una ruleta. En estos años han alternado obras mayúsculas (Del revés, Coco) con secuelas industriales (Los increíbles 2, Cars 3) y tropiezos simpáticos pero menores (Onward, Lightyear, El viaje de Arlo). Siguen siendo un icono cultural, sí, pero también da la sensación de que ahora caminan con miedo: como si estuvieran intentando sonar a Pixar, en vez de serlo.
Vaya por delante lo básico: Elio no es una mala película. Es divertida, amable, y su hora y media se ve sin esfuerzo. El problema es precisamente ese: a Pixar, cuando estrena una original, no le pedimos “que se deje ver”. Le pedimos que nos desmonte por dentro mientras finge que nos está contando un cuento. Y Elio rara vez lo consigue.
La película cuenta la historia de Elio Solís, un niño de once años huérfano y socialmente desubicado, obsesionado con el espacio y con la idea de que ahí arriba, en algún sitio, debe existir un lugar donde encaje. Cuando por un malentendido burocrático intergaláctico es abducido y confundido con el embajador de la Tierra, termina en el Communiverso, una especie de ONU galáctica llena de criaturas delirantes, protocolos imposibles y oportunidades para reinventarse. Allí conoce a Glordon, y la cinta encuentra su mejor versión: la de una buddy movie espacial sobre dos personajes rotos aprendiendo a mirarse sin vergüenza.
Ese núcleo funciona. La amistad Elio–Glordon es una metáfora bastante limpia (y bastante efectiva) del despertar al mundo, del fin de la tristeza como único idioma, del valor propio entendido no como “autoestima” de manual, sino como pertenencia conquistada. Cuando Elio se concentra en eso, respira, se ilumina y hasta se permite jugar con un tono de ciencia ficción más puro, rozando incluso el terror en los momentos más memorables.
El problema es que Elio parece dos películas peleándose por el mando. Y esa sensación de “Frankenstein” no viene solo del argumento: se nota también en el pulso emocional. Los grandes beats sentimentales están puestos donde deberían estar… pero a menudo no nacen de manera orgánica. En Up o Toy Story 3 la lágrima llega como un accidente inevitable. Aquí, en cambio, a veces se percibe el mecanismo: la música entra, el plano se prepara, el personaje verbaliza lo que ya habíamos entendido y, aun así, la emoción no termina de cuajar. No es tanto “sensible” como “sensiblera”; no duele, empuja.
Tampoco ayuda que el Communiverso esté tan bien diseñado y, a la vez, tan poco aprovechado. La galería de secundarios es exuberante, pero muchos quedan reducidos a un gag recurrente que se enciende y se apaga según convenga. Sus decisiones parecen dictadas por el guion más que por una lógica interna, y eso, en una película que trata sobre encontrar un lugar en el universo, se siente como una oportunidad perdida: el mundo es más espacial que especial.
Visualmente, eso sí, Pixar sigue siendo Pixar. La película es un festival de textura, luz y diseño, con ese tipo de imaginación que hace que el precio de la entrada parezca una inversión sensata. El Communiverso tiene personalidad, brillo, extrañeza y un sentido del espectáculo que, incluso cuando la historia se desinfla, te sostiene la mirada. El problema es que, por primera vez en bastante tiempo, la forma está por delante del fondo.
Lo más interesante de Elio quizá no sea la película en sí, sino lo que representa: un estudio intentando recuperar el músculo de la originalidad en un ecosistema de secuelas, reboots y franquicias con respiración asistida. Ojalá eso no se quede solo en el gesto. Porque Elio tiene conceptos de ciencia ficción realmente jugosos —clones, identidad, pertenencia, contacto, invasiones, burocracia cósmica— y, sin embargo, a menudo prefiere volver al carril seguro de la “fórmula Pixar” sin atreverse a llevarla a un sitio nuevo.
En resumen: Elio es encantadora, entretenida y visualmente deslumbrante, pero también algo vacía e impostada a ratos. No ofende, pero tampoco se queda. Y eso, en Pixar, siempre suena a derrota pequeña. La buena noticia es que el talento sigue ahí. Solo falta que el estudio se quite el miedo a sí mismo y vuelva a hacer películas con identidad propia, no películas que intentan parecerse a su propio legado.




