DreamWorks no piensa dejar escapar a su nueva gallina de los huevos de hierro. Tras el vendaval crítico de la primera entrega —que saldó su paso por los cines con 334,5 millones de dólares y una vitrina de premios Annie que empieza a deformarse—, el estudio ha confirmado que la secuela basada en el segundo libro de Peter Brown, The Wild Robot Escapes, ya está en boxes. Chris Sanders se queda para blindar el guion, pero cede la silla de dirección a Troy Quane (Nimona) y Heidi Jo Gilbert, en un movimiento que busca refrescar la maquinaria sin perder ese acabado de acuarela digital que los ha devuelto al mapa de la excelencia animada.
La trama nos sacará de la isla para encerrar a Roz en Hilltop Farm, una granja lechera donde la protagonista deberá fingir que es un electrodoméstico dócil mientras procesa el trauma de la separación. Es el choque frontal entre la naturaleza y el sistema: Brightbill, el ganso huérfano, liderará un rescate asistido por los hijos del granjero en una historia que promete menos efervescencia y más contemplación existencialista. Si el primer film era una oda a la maternidad accidental, esta continuación apunta directamente a la identidad y a esa grieta cada vez más fina que separa lo biológico de lo sintético.
Con un calendario que ya asoma hitos como Shrek 5 y el live-action de Cómo entrenar a tu dragón, DreamWorks utiliza a Roz como su embajadora de prestigio para demostrar que todavía saben fabricar clásicos instantáneos. La jugada es maestra: monetizar la sensibilidad de Miyazaki bajo el paraguas industrial de NBCUniversal. Solo queda ver si esta «fuga» mantiene el pulso emocional de la original o si termina convirtiéndose en otra pieza de repuesto en la cadena de montaje de las secuelas inevitables.




