Hay historias que vuelven al cine como los cometas: no porque nadie las necesite, sino porque alguien quiere apropiarse de su brillo. Cumbres Borrascosas —la única novela de Emily Brontë— regresa otra vez, y esta vez lo hace con Emerald Fennell (Una joven prometedora, Saltburn) al mando y una promesa clara: menos “alta literatura” y más instinto, piel y estilización.
La película parte del núcleo de siempre: en los páramos de Yorkshire, Catherine Earnshaw (Margot Robbie) crece en una casa áspera, casi fuera del tiempo, hasta que su familia acoge a Heathcliff (Jacob Elordi), un huérfano que pasa de “intruso” a vínculo absoluto. De esa dependencia nace un amor rabioso, desigual y autodestructivo, atravesado por clase social, orgullo, crueldad y la idea —romántica y tóxica a la vez— de que hay personas destinadas a arruinarse juntas. Es una historia que desde 1847 escandaliza por lo que sugiere: que el deseo puede ser religión, condena y arma.
Fennell lo tiene clarísimo: su película no quiere ser la adaptación “definitiva”, sino la adaptación “sensación”. La puesta en escena es un festival de composición meticulosa, texturas y exceso controlado; por momentos parece que la tragedia estuviera patrocinada por una fragancia de lujo. Cuando funciona, funciona porque es hipnótica: el barro, la lluvia, los interiores cargados, la comida filmada como fetiche, la humedad emocional convertida en estética.
El problema es el de siempre con Fennell cuando se enamora demasiado de su propio envoltorio: el grito. La película subraya a volumen máximo que estamos ante un gran romance trágico, y ese empeño por “ser épica” a veces aplana lo más inquietante del material, que no es el dramatismo… sino la incomodidad. Robbie y Elordi tienen química y presencia, sí, pero el relato se vuelve insistente, y el desgaste emocional que en Brontë es una herida abierta aquí se queda, a ratos, en pose.
Al final, esta Cumbres Borrascosas es exactamente lo que promete: un clásico pasado por el filtro Fennell, más carnal que espectral, más vibrante que profundo, más memorable por lo que enseña que por lo que duele. Y, oye, igual esa es la jugada: no recordarte a Brontë… sino recordarte que Emerald Fennell ha estado aquí.




