¿Venganza o fetiche visual? — Crítica de Wolverine: Revenge (Miniserie completa #1–5)

Cuando Marvel anunció que Jonathan Hickman y Greg Capullo unirían fuerzas en una miniserie de Lobezno con calificación R, el hype no escaló: detonó. Teníamos al arquitecto del Marvel moderno y al dibujante que definió la estética oscura de los 90 y los 2000 colaborando en un What If…? salvaje, violento y sin restricciones. Sobre el papel, era el cómic definitivo del mutante de las garras.
Tras leer el tomo recopilatorio, la conclusión es más pragmática: un espectáculo visual deslumbrante que se queda sin gasolina narrativa a mitad de camino.

Un inicio “hickmaniano” de manual

El volumen arranca con una potencia envidiable. Un futuro cercano donde la muerte de Magneto ha sumido al hemisferio norte en un apagón tecnológico total. Es el escenario perfecto para Hickman: geopolítica, colapso sistémico y supervivencia. Mientras el mundo se apaga, Logan —fiel a su naturaleza— anda cazando dinosaurios en la Tierra Salvaje.

La misión suicida junto a un Nick Furia clásico (parche, puros y cinismo) para recuperar un reactor de fusión fría es oro puro. Y el giro del primer número —esa traición brutal de la Hermandad y el “momento bomba” incrustado en el pecho de Logan— prometía una historia de venganza fría, calculada y sin redención posible.

Durante ese primer acto, Wolverine: Revenge parece apuntar alto: un mundo roto, antiguos aliados convertidos en verdugos y un Logan envejecido al que ya no le queda nada que perder.

Greg Capullo: el verdadero protagonista

Si compras este tomo, lo haces por Greg Capullo. Punto.
Aquí no hay trampa: el dibujante se da un festín absoluto. Desde un T-Rex hasta un Dientes de Sable más animal que nunca, pasando por un Deadpool mudo que resulta mucho más inquietante que el original.

Las tintas de Tim Townsend y el color de Alex Sinclair envuelven el conjunto en una atmósfera sucia, pesada y violenta. Las escenas de acción son coreografías de destrucción pura, y el uso del gore —generoso pero estilizado— refuerza el tono crepuscular. Capullo, además, clava algo esencial: la fatiga en el rostro de Logan, el cansancio de alguien que lleva demasiado tiempo sobreviviendo.
Visualmente, el cómic es impecable. No hay discusión posible.

Donde las garras se embotan

El problema de Wolverine: Revenge aparece cuando el arranque explosivo da paso a una estructura demasiado cómoda: la lista de la compra. Logan avanza de punto A a punto B eliminando objetivos —Omega Rojo, Masacre, Coloso— con una facilidad que diluye cualquier sensación real de amenaza.

Para un guionista conocido por su ambición estructural, Hickman aquí parece escribir con el freno de mano puesto. Conceptos fascinantes —el hijo de Coloso (Nikolai), la parálisis tecnológica global, la reconstrucción del mundo— se introducen, pero no se desarrollan. El salto temporal entre los números #3 y #4 rompe la continuidad emocional del relato y deja al lector fuera del conflicto.

La pregunta empieza a flotar incómoda:
¿Estamos ante una historia sobre el destino de la humanidad… o simplemente ante un tipo muy enfadado ajustando cuentas con sus antiguos amigos?
El cómic no termina de decidirse.

El cierre en el Limbo intenta recuperar una lectura más existencial —¿tiene fin la venganza?—, pero se siente más como un parche elegante que como la culminación natural de lo que se había planteado al inicio.

🟡 VEREDICTO: CORRECTA, PERO PRESCINDIBLE

Wolverine: Revenge es un blockbuster de manual. Si apagas el cerebro y te dejas arrastrar por el despliegue visual de Capullo, disfrutarás cada tajo, cada hueso roto y cada gota de sangre.
Pero si buscas la complejidad estratégica de Hickman o una historia que aporte algo nuevo al mito del Lobezno crepuscular, te quedarás con hambre.

Un ejercicio estético impecable que confirma una verdad incómoda:
a veces, los nombres más grandes no garantizan la historia más grande.