Después del cierre de Krakoa, Marvel ha hecho lo que mejor se le da: vender el “nuevo comienzo” como si fuera una necesidad histórica… y, a la vez, convertirlo en un duelo. Uncanny X-Men nace de ese estado emocional: el mundo mutante vuelve a estar roto, disperso, vulnerable, y la pregunta ya no es “¿quién lidera?”, sino “¿quién tiene fuerzas para seguir cuidando de los demás cuando no queda nada que cuidar?”.
La jugada de Gail Simone es tan simple como buena: pone a Rogue en el centro del tablero. No porque sea la más estratégica. Ni la más icónica. Sino porque, en este momento concreto, Rogue no sabe ser otra cosa que un X-Men. Y esa dependencia identitaria —casi patológica— es el motor secreto de todo el arco.

¿De qué va exactamente éste primer acto?
Tras la caída de Krakoa, Rogue reúne a un equipo improvisado (Gambit, Lobezno, Jubilee y compañía) y lo instala en Haven, un refugio precario en Luisiana que funciona como casa, enfermería y trinchera emocional para mutantes sin sitio al que volver. Allí irrumpen los Outliers, un grupo de adolescentes mutantes perseguidos por La Bruja (Hag), una cazadora ligada a Graymalkin, una institución que captura jóvenes “por su propio bien” y los somete a un sistema de control y adoctrinamiento dirigido por la Dra. Ellis. El misterio se envenena cuando aparece Mommy, figura materna siniestra conectada al pasado de Xavier (Sarah Gaunt), y el arco termina convirtiéndose en una guerra por una idea: si los X-Men pueden seguir siendo un hogar para los nuevos… o si ese “hogar” vuelve a convertirse en una jaula.
Uncanny es “menos manifiesto, más herida”
El #1 (Red Wave) deja claro el enfoque: no vas a encontrar aquí una “gran reintroducción” de la franquicia ni un mapa geopolítico de la era post-Krakoa. Simone abre con Rogue mirando el mundo como quien mira una casa quemada: intentando mantener la compostura mientras por dentro está hecha ceniza.
Y lo más interesante es que esa tristeza no se convierte en pose. Simone escribe a Rogue hiperconsciente del ambiente, del lenguaje corporal de Logan, de los silencios, de lo que ya no se dice. Su liderazgo nace de una mezcla peligrosa: pasión + compasión + vacío. No tiene una ideología mutante articulada como Cíclope. No tiene el discurso de Xavier ni el mito de Magneto. Rogue tiene algo más incómodo: una pulsión de trabajadora social superheroica. “Por el niño. Por Harvey.” Por el daño concreto, no por la teoría.
La nueva amenaza: Graymalkin, “Mommy” y el terror gótico que se cuela por la puerta
A partir del #2, la serie empieza a colocar sus piezas: llegan los Outliers (Ransom, Jitter, Deathdream, Calico), aparece la figura de Mommy (la antigua Sarah Gaunt, conectada al pasado universitario de Xavier) y se perfila Graymalkin como un agujero negro moral: captura de jóvenes mutantes, coerción, adoctrinamiento, la idea de “cuidar” convertida en jaula.
Es un giro muy Simone: usar la estética de terror (la Beldam grunge, la guardianía siniestra, el “hogar” que no es hogar) para hablar de la obsesión histórica de Xavier con “proteger” a adolescentes… y de la herencia envenenada que eso deja en quien toma el relevo. Rogue, en el fondo, está heredando la compasión de Xavier, pero también la factura de sus errores.

Los Outliers: gran idea, ejecución irregular… por ahora
El arco introduce a los nuevos chavales con una energía clara: voces distintas, vínculo interno fuerte, un grupo que llega con trauma y carácter. El problema es que Uncanny juega a dos velocidades.
Cuando Simone se centra en relaciones (Rogue–Logan, Rogue–Gambit, Rogue–Jubilee, el rol de mentor que nadie quiere pero todos terminan asumiendo) el cómic vuela. Cuando toca “explicar poderes” y “ordenar la logística del equipo”, la serie se vuelve más errática: hay elipsis raras, detalles que parecen saltarse pasos, y una sensación puntual de que algunas piezas están colocadas por necesidad editorial más que por fluidez dramática.
Dicho de otra forma: los personajes respiran, la maquinaria a veces chirría.
Lobezno y Rogue: química de familia (y un ancla emocional real)
Uno de los grandes aciertos del tomo es la relación entre Rogue y Logan: no hay romanticismo barato ni rivalidad adolescente. Hay algo casi familiar, de hermano mayor/tío que no sabe cuidar sin gruñir, y de líder que necesita apoyo aunque finja que no.
La serie explota bien esa contradicción: Logan no quiere “empezar de cero”, no quiere entrenar a nadie… y aun así termina orbitando el grupo porque, en el fondo, también es adicto a esa identidad. El cómic se entiende mejor si lo lees como una historia sobre gente que no sabe vivir fuera de su propia leyenda.
La Bruja (Hag/Sarah) y el clímax: emoción por encima del “lore”
En los compases finales (#4–#5), el arco se compacta en una guerra por el hogar: Rogue contra La Bruja, el equipo contra una horda monstruosa, y la serie sacando músculo emocional.
Aquí es donde Uncanny se vuelve más convincente: la amenaza es brutal, física, sangrienta, pero lo que pega de verdad es que Simone convierte el combate en una prueba moral. No es “ganar la pelea”, es defender un espacio para los jóvenes mutantes cuando el mundo ha decidido volver a ser hostil.
El #5 funciona como final porque entiende qué está vendiendo este volumen: no una gran tesis mutante, sino una verdad básica de los X-Men: están aquí para resistir, sí, pero también para cuidar e inspirar. Y eso, en tiempos de cinismo superheroico, casi suena punk.

El apartado visual: Marquez + Wilson sostienen el tono
David Marquez clava lo importante: rostros, heridas, matices. La serie depende de emociones pequeñas (miradas, dudas, miedo, ternura) y el dibujo sabe venderlas sin caer en caricatura. Y Matthew Wilson aporta una calidez que le sienta bien a un cómic que, aun coqueteando con el terror gótico, quiere ser “humano” más que “oscuro”.
Cuando toca espectáculo, también responde: criaturas grandes, acción sucia, contraste entre sombras opresivas y los estallidos de luz de poderes como Jubilee.
VEREDICTO: 🟢 RECOMENDABLE (con un “pero” honesto)
El primer arco de Uncanny X-Men no pretende ser la guía definitiva del post-Krakoa. Pretende algo más concreto —y más difícil—: hacer que la pérdida importe y que el liderazgo no sea una pose, sino una necesidad emocional.
Si entras esperando “gran evento mutante”, quizá te sepa a poco. Si entras buscando un cómic que ponga el foco en la gente rota que aún decide cuidar, Rogue se convierte en el corazón inesperado de los X-Men… y Simone demuestra que este título no quiere volver “a lo de siempre”, sino a lo esencial.




