Torrente presidente: Santiago Segura resucita a su monstruo más rentable en una España que ya se parece demasiado a él

Doce años después de Torrente 5: Operación Eurovegas, Santiago Segura devuelve a José Luis Torrente a los cines con Torrente presidente, sexta entrega de una saga que ya no necesita presentación, solo termómetro. El estreno, blindado con una campaña de secretismo casi kamikaze —sin tráiler, sin pases previos al uso, sin dejar que la película se desgastara antes de tiempo en la trituradora digital—, ha funcionado como una declaración de poder industrial: Torrente sigue siendo una de las pocas marcas del cine español capaces de convertir una película en acontecimiento antes incluso de que nadie sepa muy bien qué va a ver. Su lanzamiento el 13 de marzo de 2026, con una preventa enorme y un primer día de 300.000 espectadores, confirma que Segura entiende al público masivo mejor que casi nadie en este país.

La gran pregunta, claro, no es si la película va a hacer dinero. Eso estaba resuelto antes de apagar las luces de la sala. La pregunta es otra: ¿queda algo vivo dentro del personaje aparte de su valor de marca? Y la respuesta es más incómoda de lo que les gustaría tanto a sus fans más militantes como a sus detractores automáticos.

La idea de partida es potentísima: si Torrente siempre fue el esperpento del español más rancio, más machista, más cutre, más cobarde y más oportunista, tarde o temprano tenía que acabar en política. Era el siguiente paso natural de un personaje que nació como parodia del franquismo sociológico y ha terminado sobreviviendo en una España donde la caricatura ya no parece tan exagerada como en 1998. Ahí está la baza más fuerte de Torrente presidente: entiende que el mundo real se ha vuelto tan grotesco que José Luis Torrente ya no entra en escena como una anomalía, sino como una versión ligeramente hipertrofiada del presente. La película lo mete en el partido ficticio Nox, evidente eco de Vox, y lo deja orbitar alrededor del populismo, la televisión, los opinadores a granel, las conspiraciones y la necesidad contemporánea de convertir cualquier mamarracho en fenómeno electoral. Ese marco no solo tiene sentido: es, de hecho, el más fértil que ha tenido la saga en mucho tiempo.

El problema es que Segura, una vez encuentra esa mina, no siempre sabe cómo explotarla con precisión. Torrente presidente tiene colmillo, sí, pero también una ansiedad constante por gustar, por impactar, por meter otro cameo, otro exabrupto, otra salida de tono, otra cara conocida, otro subrayado. Y esa hipertrofia termina siendo el verdadero estilo de la película: no avanza, se atropella a sí misma. Más que una sátira política con crescendo, muchas veces parece una sucesión de sketches sostenidos por un hilo argumental finísimo. No es casualidad que el gran combustible del metraje sea el “a ver quién sale ahora”. La película funciona por acumulación, por ruido, por metralla de estímulos. Y eso da momentos muy eficaces a corto plazo, pero también deja la sensación de que Segura confía más en el shock del cameo que en la arquitectura de la comedia.

Lo cual no significa que el filme sea formalmente un desastre. Al contrario: una de las cosas más irritantes para quien quiera despacharlo como simple bazofia es que Segura sabe perfectamente lo que hace. Hay oficio, hay timing, hay comprensión del gag visual, hay manejo del caos coral, y hay incluso momentos donde el disparate colectivo roza una energía berlanguiana de brocha gorda y mala leche. La película está lejos de la suciedad desquiciada de la primera Torrente, pero tampoco juega del todo en el terreno plastificado y neutro de las comedias familiares que Segura ha fabricado en los últimos años. Aquí hay más veneno, más intención de morder, más ganas de embarrarse. Otra cosa es que esa energía encuentre siempre una diana clara.

Porque Torrente presidente vive instalada en una ambigüedad que es, al mismo tiempo, su jugada comercial y su gran limitación crítica. Cuando ataca a Nox y a toda la parafernalia patriotera, testosterónica y conspiranoica que la rodea, la película parece tener las ideas bastante claras. Se ríe del postureo ultra, de su obsesión por la masculinidad, de su relación servil con el espectáculo político, de su capacidad para convertir la patria en un plató y el resentimiento en campaña permanente. En esos momentos, Torrente vuelve a parecer lo que siempre debió ser: un espantajo nacional, un residuo tóxico usado para desnudar la basura que sigue respirando debajo del traje y la corbata.

Pero entonces Segura vuelve a caer en la tentación de repartir mamporros en todas direcciones y la cosa se emborrona. No porque una sátira tenga obligación de ser ecuánime ni de apuntar a un solo bando, sino porque aquí muchas veces no da la sensación de estar ampliando el tiro, sino de diluyendo el blanco. La película quiere ser corrosiva con todo el espectro político, con los medios, con la cultura woke, con la incorrección nostálgica, con la ultraderecha, con la izquierda, con la tele, con el sistema. Quiere serlo todo a la vez. Y cuando una sátira quiere pegarle a todo el mundo todo el tiempo, corre el riesgo de no golpear de verdad a nadie. O peor aún: de convertir la confusión en ideología.

Eso se nota especialmente en la relación entre el personaje y el público. Durante mucho tiempo era relativamente fácil defender que Torrente funcionaba como caricatura de un tipo detestable de español. Hoy ya no está tan claro. No porque el personaje haya cambiado tanto, sino porque el contexto sí lo ha hecho. En una era de polarización, recortes irónicos, clips fuera de contexto y consumo político como espectáculo, el viejo escudo de “se está riendo de él, no con él” ya no basta por sí solo. Y Torrente presidente juega peligrosamente con esa grieta. Hay momentos en los que Segura subraya que su criatura sigue siendo un impresentable integral. Pero hay otros en los que parece disfrutar demasiado dejándolo rozar frases, actitudes y salidas que una parte del patio de butacas no va a leer como sátira, sino como desahogo. El problema no es solo moral; es dramatúrgico. Si tu monstruo deja de dar asco y empieza a caerle demasiado simpático a la película, la parodia pierde filo.

En ese sentido, esta sexta entrega es menos una gran película política que una película muy política sin acabar de controlar del todo sus efectos. Tiene intuiciones buenas, incluso excelentes. Sabe que la conversación pública española se ha degradado hasta un punto donde Torrente podría no solo sobrevivir, sino prosperar. Sabe que la nostalgia casposa vende. Sabe que la mezcla de cinismo, bar de barrio, conspiración y show televisivo define bastante bien el ecosistema actual. Y sabe, sobre todo, que el espectador contemporáneo consume mejor una ametralladora de momentos que una narración elegante. Pero entre saber eso y convertirlo en una obra realmente afilada hay un trecho. Y Segura lo recorre a trompicones.

La orgía de cameos resume perfectamente tanto la gracia como el límite de la propuesta. Claro que una película de Torrente pide cameos. Claro que forman parte del ADN de la saga. Claro que hay placer en ese desfile de apariciones improbables, políticas, mediáticas, nostálgicas o directamente delirantes. Pero aquí el cameísmo se convierte casi en principio estructural. Todo está al servicio de la siguiente irrupción. La película no desarrolla tanto una trama como una cola de apariciones. Y a partir de cierto punto eso erosiona el metraje, porque el espectador deja de mirar qué está pasando para mirar quién está entrando. Sabemos que entre esas apariciones hay nombres como Mariano Rajoy, Vito Quiles o Kevin Spacey, y precisamente por eso la película se juega parte de su identidad en esa lógica de evento continuo.

Aun así, sería injusto negar lo obvio: Torrente presidente tiene vida. No es una película elegante, ni redonda, ni especialmente sutil. Pero tampoco es una pieza muerta. Hay en ella una energía nerviosa, una voluntad de conectar con el aquí y ahora, una lectura bastante certera del presente español como circo ideológico donde todo el mundo grita, posa y trafica con agravios. Lo que ocurre es que Segura traduce todo eso a su idioma natural: sal gorda, caos, guiño basto, humor de brocha ancha, impudicia absoluta y una fe casi religiosa en que la carcajada inmediata basta para justificar la operación. A veces basta. A veces no.

Lo que sí queda claro es que Torrente presidente funciona mejor como síntoma de época que como culminación artística de la saga. Es una película que retrata muy bien un país agotado, bronco, hiperexpuesto y dispuesto a convertir cualquier basura en icono siempre que le proporcione cinco segundos de catarsis. En ese espejo deformante hay algo valioso, aunque sea desagradable. Segura quizá no haya hecho la gran sátira política española de la década, pero sí ha fabricado un artefacto útil para medir la temperatura del momento. Y esa temperatura da bastante miedo.