Hay obras que se ven y obras que se padecen, en el sentido más catártico y necesario del término. ‘1936’ pertenece a la segunda categoría. Tras sacudirnos el cráneo con la globalidad del horror en Shock 1 y Shock 2, Andrés Lima cierra su trilogía de la conmoción mirando directamente al ombligo de nuestras propias cicatrices. Y lo hace sin paños calientes, sin equidistancias de salón y con un despliegue de teatralidad que te deja clavado a la butaca (o al sofá, ahora que RTVE Play nos la sirve en bandeja de plata).

Una sinfonía del caos con dirección de cirujano
Lo que Lima ha perpetrado junto a los «Juanes» (Mayorga y Cavestany) y Albert Boronat no es un libro de historia ilustrado; es una autopsia en vivo. Dividida en tres actos que suman casi cuatro horas (que pasan como un suspiro de miliciano), la obra utiliza la estructura del verbatim y la investigación académica para levantar un paisaje emocional que duele por su vigencia.
Desde los Juegos Olímpicos de Berlín contraprogramados por la Olimpiada Popular de Barcelona, hasta ese epílogo en una fosa común que te hiela la sangre, la pieza fluye con un ritmo endiablado. Si la primera parte es una densa presentación de fichas sobre el tablero, la segunda es una explosión sensorial. La recreación de la «Desbandá» (la masacre de la carretera Málaga-Almería) y el bombardeo de Guernica no son solo escenas: son lecciones de cómo el teatro puede ser más real que cualquier documental de archivo.

Un elenco que es puro fuego
El reparto coral es, sencillamente, de otro planeta. Ver a Juan Vinuesa mimetizarse con la figura de Franco es un ejercicio de virtuosismo que roza lo inquietante, mientras que María Morales y Alba Flores sostienen el peso emocional de la República con una dignidad que desborda el escenario. La incorporación de Blanca Portillo eleva el montaje a los altares; su capacidad para transitar entre personajes históricos con un aplomo casi místico justifica cada uno de los seis Premios Talía que la obra tiene en la vitrina.
Mención aparte merece el Coro de Jóvenes de Madrid. Su presencia, vestidos de calle, rompe la cuarta pared del tiempo. Son el puente entre los muertos de 1936 y los adolescentes de 2026 que, como bien apunta Lima, a veces saben más de lo que pasa en TikTok que de lo que ocurrió en la calle de al lado hace ochenta años.

¿Por qué ‘1936’ es imprescindible?
Porque en un momento donde el ruido político amenaza con simplificarlo todo, esta obra nos obliga a «ponernos en el lugar del otro». No busca el aplauso fácil del bando propio, sino la reflexión incómoda de quien descubre que el fascismo no murió en un búnker, sino que muta y espera su oportunidad en las urnas actuales.
Es un espectáculo total: música en directo (del Cara al Sol a Los cuatro muleros), una iluminación de Pedro Yagüe que esculpe el miedo y una dirección de arte que convierte cuatro mesas en trincheras y palacios.
LO MEJOR: La valentía de no ser equidistante pero sí profundamente humano. La escena de la Batalla del Ebro es, probablemente, lo mejor que se ha visto en el teatro español en la última década.
LO PEOR: Quizás esa primera hora que exige un esfuerzo extra de atención por la avalancha de datos históricos, pero la recompensa posterior merece cada segundo.
CALIFICACIÓN: 9/10




