‘Étoile’ (Prime Video): Piruetas verbales y corazones rotos en la ciudad de las luces (y los recortes)

Hay un ritmo específico en las series de Amy Sherman-Palladino y Daniel Palladino: un trote ligero, cargado de cafeína y referencias culturales que caen como granizo. En Étoile (Prime Video), ese ritmo encuentra su metáfora perfecta en el ballet profesional. La premisa es tan elegante como arriesgada: dos compañías de prestigio —una en Nueva York y otra en París— intercambian a sus estrellas para salvarse de la irrelevancia post-pandemia. Pero, como suele pasar en el universo Palladino, lo importante no es solo el baile, sino el ruido que hacen los personajes mientras intentan no caerse del escenario.

Un duelo de titanes (y de egos)

El gran acierto de la serie es su pareja central. Luke Kirby (nuestro Lenny Bruce de confianza) y una Charlotte Gainsbourg sorprendentemente etérea interpretan a los directores de las compañías con una química eléctrica. Son dos personas que se adoran y se detestan con la misma intensidad, atrapadas en un juego de ajedrez transatlántico financiado por un multimillonario excéntrico y algo turbio (un Simon Callow que borda el papel de villano de opereta).

La «estrella» del título, sin embargo, es Lou de Laâge. Su interpretación de Cheyenne Toussaint es una fuerza de la naturaleza: una bailarina que es mitad rabia, mitad disciplina, y que entra en Nueva York como un elefante en una cacharrería de cristal. De Laâge logra que te creas su genialidad sobre el escenario incluso antes de verla bailar, aunque a veces el guion la obligue a habitar una furia que roza lo caricaturesco.

El encanto de lo insoportable

No nos engañemos: los personajes de los Palladino pueden ser agotadores. Son gente que ama escucharse hablar, que procesa el mundo a través de monólogos de tres minutos y que tiene dificultades severas para comunicarse como seres humanos normales. Aquí, esa característica se eleva al cuadrado. Mientras que en The Marvelous Mrs. Maisel el ingenio era un superpoder, en Étoile a veces se siente como una barrera que impide que la emoción traspase la pantalla.

Donde la serie realmente encuentra su alma es en los márgenes. Gideon Glick, como el coreógrafo neurótico Tobias Bell, es el verdadero «robaescenas». Su arco emocional, que incluye un romance queer cocinado a fuego lento en París, aporta la vulnerabilidad que a veces les falta a los protagonistas. Es en estos momentos, y en la relación de la joven Mishi (Taïs Vinolo) con su arte, donde Étoile deja de ser un ejercicio de estilo para convertirse en algo que late de verdad.

Una puesta en escena suntuosa… y un adiós prematuro

A nivel técnico, la serie es un festín. La cámara se mueve con la fluidez de una Steadicam enamorada, recorriendo el Lincoln Center y el Palais Garnier con una elegancia que ya no se ve en televisión. Los Palladino filman el ballet con respeto, optando por planos generales que permiten apreciar la arquitectura de los cuerpos, huyendo del montaje picado que suele arruinar el cine de danza.

Sin embargo, la serie sufre de una estructura algo descompensada. Los primeros episodios son ligeros y magnéticos, pero la segunda mitad de la temporada se enreda en subtramas innecesarias y giros que rozan lo tonto, perdiendo el equilibrio tonal que tanto le costó conseguir.

Veredicto

Étoile es una oda afectuosa y «caprichosa» (con todas las letras) a un mundo insular y elitista. Es una serie que te exige entrar en su frecuencia de radio particular: una de diálogos rápidos, escenarios suntuosos y gente brillante que no sabe cómo ser feliz. Es una lástima que su cancelación prematura nos deje sin ver cómo evolucionaba esta danza transatlántica, porque, a pesar de sus tropiezos, tenía más estilo y riesgo que la mayoría de los estrenos de la temporada. Un último baile que, aunque imperfecto, merecía los aplausos.

Nota: 7,5/10