Santa Claus contra la corrección política: Crítica de ‘Lapönia’

David Serrano adapta la exitosa obra teatral en un ejercicio de claustrofobia emocional que enfrenta el idealismo mediterráneo con la gélida honestidad nórdica. ¿Es la verdad un valor absoluto o simplemente una falta de educación?

Un ring de cuatro paredes

Hay algo inherentemente honesto en el cine que no se avergüenza de su ADN teatral. David Serrano, perro viejo en el arte de la réplica rápida (Días de fútbol, Voy a pasármelo bien), lo sabe y no intenta camuflar Lapönia con fuegos artificiales. La película es un dispositivo de precisión: cuatro personajes, una casa aislada en la región que da nombre a la cinta y un detonante que ríete tú de las bombas de racimo: la revelación de que Papá Noel son los padres (o los tíos, o el sistema).

Lo que arranca como un choque cultural de manual entre la pasión española de Mónica (Natalia Verbeke) y Ramón (Julián López) frente a la rigidez escandinava de Nuria (Ángela Cervantes) y Olavi (Vebjørn Enger), acaba derivando en un desguace de las estructuras familiares. Serrano utiliza el escenario único no como una limitación, sino como un laboratorio donde la «magia de la Navidad» se enfrenta a una «honestidad finlandesa» que roza lo patológico.

El talento de la palabra

El gran triunfo de Lapönia reside en su reparto. Natalia Verbeke regresa con una madurez escénica arrolladora, defendiendo el derecho a la fantasía frente a una Ángela Cervantes que maneja la retranca y el reproche con la precisión de un cirujano. Julián López, por su parte, se aleja del «graciosillo» de manual para dotar a su Ramón de una humanidad patética pero necesaria, mientras que Vebjørn Enger encarna perfectamente ese muro de racionalidad que todos hemos querido derribar alguna vez con un buen grito.

La cámara de Serrano se vuelve flotante, casi voyerista, persiguiendo los diálogos de Cristina Clemente y Marc Angelet. No hay grandes alardes visuales porque no los necesita; el conflicto es el lenguaje. Es una comedia de «bisturí», donde las risas surgen más de la incomodidad de reconocerse en esos cuñados que de un gag visual. Es, en esencia, un alfajor envenenado que se degusta con placer hasta que te das cuenta de que el relleno escuece.

El síndrome del bar vacío

Sin embargo, el problema de Lapönia —y quizá la razón de su discreto paso por la taquilla inicial— es su propia naturaleza efímera. Funciona como un reloj durante sus ajustados 90 minutos, mantiene el pulso y te deja con un debate sano sobre la mentira piadosa, pero una vez que se encienden las luces, el rastro se evapora.

Es una película de una «corrección» casi británica: cumple, entretiene y propone, pero le falta ese «algo» (llámese mala leche extra o un giro menos complaciente) para quedarse a vivir en la memoria del espectador. Al final, uno siente que ha asistido a una excelente cena con amigos donde se ha discutido de todo y no se ha llegado a nada. Pagas la cuenta, te abrochas el abrigo y sales al frío. Ha sido un buen rato, un ejercicio de estilo impecable, pero mañana será otro día en la oficina… o en el bar.