‘Peaky Blinders: El hombre inmortal’: Tommy Shelby y el arte de no saber cuándo morir

Hay algo profundamente agotador en los iconos que se niegan a aceptar el retiro. Thomas Shelby terminó la sexta temporada de su odisea en una paz casi bíblica, cabalgando hacia el horizonte bajo la undécima hora. Era el final perfecto. Pero claro, en la era del algoritmo, una buena muerte es solo una oportunidad de marketing desperdiciada. Así llega ‘Peaky Blinders: El hombre inmortal’, un epílogo que se debate entre la redención cinematográfica y el tic nervioso de un Steven Knight que parece haberse convertido en el Taylor Sheridan de las islas británicas.

El ermitaño y la esvástica

La premisa nos sitúa en 1940. Tommy vive ahora como un trasunto de León Tolstói con gorra plana, exiliado en una casa de campo, tratando de purgar sus pecados escribiendo una novela (porque no hay nada más peligroso que un gánster con bloqueo creativo). Pero la paz dura lo que un cigarrillo sin filtro. Mientras Birmingham arde bajo el Blitz de la Luftwaffe, los nazis —liderados por un Tim Roth que parece estar pasándoselo mejor que nosotros— intentan hundir la economía británica con billetes falsos.

Para que la trama avance, el guion nos lanza a la cara a Rebecca Ferguson haciendo de bruja mística/adivina/hermana gemela de un antiguo amor (el pack completo de «realismo mágico gitano»). Ella es quien saca a Tommy de su letargo para recordarle que su hijo Duke (Barry Keoghan) está perdiendo el norte, coqueteando con la traición y revolcándose literalmente en el barro.

El relevo que no termina de cuajar

Cillian Murphy podría interpretar a Tommy Shelby dormido y seguiría siendo lo más magnético de la pantalla. Sus silencios siguen pesando más que los diálogos de cualquier otro actor, pero aquí se nota que el traje le empieza a apretar. A su lado, Barry Keoghan hereda el carisma de la banda con esa energía de animal herido que tan bien se le da, aunque la película no le da el espacio suficiente para que nos importe si acaba convertido en el nuevo rey de Birmingham o en abono para cerdos.

Ese es el gran pecado de la cinta: el ritmo. Lo que en la serie funcionaba como una cocción lenta de seis horas, aquí se siente como un «Grandes Éxitos» acelerado. Hay momentos de brillantez pura —como esa granada activa en el pub The Garrison que nos devuelve al Tommy más salvaje—, pero se diluyen en una solemnidad que a ratos roza la parodia.

¿Punto final o puente de plata?

Dirigida por Tom Harper con un presupuesto de Netflix que se nota en cada plano contrapicado y en cada páramo neblinoso, la película es visualmente impecable. Es, en esencia, un puente. Una estructura diseñada para que Murphy cruce hacia su merecido Oscar mientras deja la puerta abierta a una nueva generación de Shelbys que Netflix ya está deseando exprimir.

Sabe a poco porque es un plato recalentado, pero sigue siendo alta cocina. Si eres de los que aún se emociona al oír los primeros acordes de Red Right Hand, disfrutarás del viaje. Si buscabas la profundidad de El Padrino, recuerda que esto siempre fue una ópera de gánsteres con sobredosis de estilo. Tommy Shelby es inmortal, sí, pero quizás va siendo hora de que le dejen descansar en paz.