‘One Piece’ (Temporada 2): Netflix se pasa el juego con un reno, dos puros y espíritu de la aventura

Piratas, puros de humo y el milagro del reno CGI: ¿Es ‘One Piece’ la nueva ‘Piratas del Caribe’?

Olvídate de Jack Sparrow. Si alguien me hubiera dicho hace tres años que la mejor serie de aventuras piratas de la década iba a nacer de un manga donde la gente estira el cuello como chicle, le habría invitado a dejar el ron. Pero aquí estamos. La segunda temporada de One Piece ha desembarcado en Netflix y no solo mantiene el listón, sino que le pega un tajo con una katana y lo sube hasta la estratosfera.

El elefante (o el reno) en la habitación: Chopper

Vayamos al grano porque es lo que todo el mundo se preguntaba: ¿Cómo han hecho a Chopper? Teníamos miedo de un «momento Sonic feo», pero los astros se han alineado. El pequeño médico de la banda es, sencillamente, perfecto. No es un peluche tieso ni un experimento visual aterrador; es un personaje con alma que te rompe el corazón en dos minutos.

Netflix ha entendido que en este mundo de gigantes, dinosaurios y asesinos que escupen cera (un David Dastmalchian desatado como Mr. 3), lo que importa no es que parezca «real», sino que se sienta tangible. Y funciona. Desde los gestos de Chopper hasta la mandíbula metálica de Wapol, la serie abraza su propia ridiculez con una seguridad que asusta.

Menos flashbacks, más Grand Line

Si la primera temporada era el «quién es quién», esta segunda es el «vamos con todo». Al entrar en la Grand Line, la escala se vuelve gigante. Pasamos por Loguetown (donde Callum Kerr clava a ese Smoker con dos puros en la boca que parece haber salido de una peli de acción de los 80) y nos lanzamos a un viaje de isla en isla que recupera ese aroma de la televisión episódica que tanto echábamos de menos.

Lo que marca la diferencia en esta entrega:

  • La coreografía de Zoro: Mackenyu se marca una escena contra 100 agentes de Baroque Works en un saloon que haría que Quentin Tarantino soltara una lagrimita de orgullo.
  • El ritmo: Aunque algunos episodios se estiran un poco más de la cuenta en las peleas, la sensación de descubrimiento es constante.
  • La linealidad: La serie se toma licencias cronológicas (como ese encuentro entre Gold Roger y Garp al principio) que enriquecen el lore para los nuevos y dan caramelos a los fans del manga.

El alma de la fiesta sigue siendo de goma

Podemos hablar de los efectos especiales, del vestuario barroco o de lo bien que luce Sudáfrica como escenario de fantasía, pero nada de esto funcionaría sin Iñaki Godoy. Su Luffy sigue siendo el motor de todo: esa mezcla de ingenuidad absoluta y determinación inquebrantable que te hace creer que, efectivamente, este chaval puede ser el Rey de los Piratas.

El veredicto

One Piece no es solo una buena adaptación; es el milagro que la animación japonesa necesitaba en imagen real. Es colorida, es excesiva, usa lentes angulares que deforman la realidad y no le tiene miedo al ridículo. Es, en definitiva, una gozada.

Si te gustó la primera, vas a flipar con esta. Y si nunca has visto el anime, da igual: súbete al barco, porque este es el tipo de aventura que ya no se hace en Hollywood.


Nota final: Netflix ha decidido lanzar esto un martes (estrenos de cine incluidos). Si eso no es confianza ciega en su producto, no sé qué lo es. Larga vida al Rey de los Piratas.