Sangre, sudor y Funko Pops: Crítica de ‘Noche de bodas 2’

Radio Silence regresa al jardín de los Le Domas para demostrarnos que, en el Hollywood actual, ni siquiera una explosión espontánea satánica es excusa suficiente para no estirar el chicle. Grace ha vuelto, y trae una hermana y una lavadora industrial.

La maldición del «más es mejor»

Hay algo casi tierno en la insistencia de Hollywood por explicarnos lo que no necesita explicación. ‘Noche de bodas 2’ arranca exactamente donde terminó la primera, con Samara Weaving encendiendo ese cigarrillo icónico (y convenientemente comercializable), solo para decirnos que aquel juego del escondite no era más que el tutorial de un RPG de escala global.

Resulta que sobrevivir a una familia de adoradores del diablo te convierte en la pieza codiciada de un «Torneo de Dramas Aristocráticos». Ahora, Grace debe proteger a su hermana Faith (Kathryn Newton) mientras medio club de campo satánico intenta descuartizarlas antes del amanecer. Es como si John Wick se hubiese fusionado con un anuncio de vestidos de novia de serie B, pero con menos alma y más presupuesto para casquería.

Un reparto en una fiesta a la que no nos han invitado

Lo mejor de esta secuela no es su mitología —que se vuelve farragosa a golpe de diálogos expositivos que parecen leídos de un manual de instrucciones—, sino su reparto. Ver a Elijah Wood como un abogado de voz aterciopelada o a la mítica Sarah Michelle Gellar pulular por la pantalla es un caramelo para la generación millennial. Se lo pasan tan bien que casi logran que nos olvidemos de que la trama tiene más agujeros que el vestido de Grace.

Mención especial para la pelea en el salón de bodas al ritmo de Bonnie Tyler. Es pura esencia de Radio Silence: violencia cartoonesca, una bazuca y un sentido del humor que bordea lo imbécil. Es el momento donde la película deja de intentar ser «importante» y abraza su destino de placer culpable para una tarde de resaca.

El «Rich Eating» ya huele a rancio

El problema de fondo es que el mensaje de «los ricos son lo peor» empieza a estar tan trillado como los sustos de salto. En 2019, Ready or Not fue aire fresco; en 2026, es otra muesca en un subgénero saturado. La película está más preocupada por crear imágenes «icónicas» listas para Instagram que por construir personajes que nos importen. Grace fuma porque es cool, no porque tenga ansiedad postraumática; y las hermanas sueltan frases de primer borrador de guion mientras esquivan muertes ingeniosas (la de la lavadora industrial es, reconozcámoslo, una genialidad técnica).

‘Noche de bodas 2’ no mejora a la original. Es un eco más ruidoso, más sangriento y mucho más civilizado. Sobrevive gracias al carisma incombustible de Weaving y a que, en el fondo, a todos nos gusta ver a gente con mucho dinero explotar por los aires. Pero no nos engañemos: es cine enamorado de su propio reflejo ensangrentado.