Hay algo en el teatro de Mariano Tenconi Blanco que exige una fe ciega. No en Dios, sino en la palabra. Su teatro es una catedral de papel: barroco, literario, impúdico y profundamente porteño. El problema de La vida extraordinaria, que ahora aterriza en los Teatros del Canal, es que en el puente aéreo entre Buenos Aires y Madrid se ha perdido parte del equipaje emocional. Y no es por falta de talento de sus protagonistas, Malena Alterio y Carmen Ruiz, que se dejan la piel (y la garganta) en escena, sino porque este texto no es solo una obra: es un ecosistema que necesita una forma de «estar» que aquí, a veces, suena a traducción forzada.

El Quijote contra el Martín Fierro
La premisa es un viaje total: la vida de Aurora y Blanca desde el Big Bang hasta el Apocalipsis, pasando por lo que realmente importa: el primer orgasmo, los duelos, los hijos y esa amistad que sobrevive al paso de los años y al desgaste de los cuerpos. Tenconi, en un ejercicio de adaptación casi filológico, ha cambiado a las originales Cruz y Fierro (tótems de la literatura argentina) por Alonso y Sancho. El cambio es ingenioso, pero cosmético. Lo que late debajo sigue siendo ese existencialismo sudamericano que mezcla a Borges con el folletín, y la poesía de Copi con la farsa más desatada.

Dos actrices contra el vacío
Malena Alterio demuestra una vez más que es una de las mejores actrices de su generación para transitar el patetismo tierno. Su monólogo del diario íntimo es un in crescendo técnico y emocional que justifica, por sí solo, el precio de la entrada. Por su parte, Carmen Ruiz maneja el timing cómico con una maestría que pocos poseen en este país, logrando que lo disparatado (como ese poema vaginal sobre el mundo) aterrice con la naturalidad de quien comenta el tiempo en el ascensor.
Sin embargo, hay una distancia insalvable. El teatro de Tenconi fue escrito para un código interpretativo muy concreto: el de la escena independiente de Buenos Aires, donde el actor entra y sale del personaje con una ligereza casi cuántica. Aquí, a pesar de la dirección del propio Tenconi, vemos a dos actrices magníficas peleando con un texto que, por momentos, parece devorarlas. La producción es exquisita —con la música en directo de Jorge Naveros y Diana Valencia elevando el tono—, pero falta ese «barro» actoral que convierte la literatura en vida palpitante.

Veredicto: ¿Es suficiente lo ordinario?
La vida extraordinaria es un ejercicio de resistencia literaria en un mundo de hashtags y fotos con filtro. Es una obra que reivindica lo sublime de una tarde de cartas y confesiones. ¿Es un fracaso? En absoluto. Es una pieza inteligente, divertida y formalmente arriesgada. Pero queda esa espina clavada de saber que estamos ante un sucedáneo de lujo. Una versión que, queriendo ser universal, ha perdido por el camino ese aroma localista que hacía que la versión original fuera, precisamente, extraordinaria.
PUNTUACIÓN: 7.0/10




