¡La novia!: El glorioso y eléctrico desastre de Maggie Gyllenhaal que el algoritmo no supo digerir

Hay algo profundamente reconfortante en ver una película de 90 millones de dólares estrellarse contra el pavimento mientras intenta volar hacia la estratosfera. En una era donde el cine de estudio parece diseñado por un comité de Excel y un software de análisis de sentimientos, que Maggie Gyllenhaal haya convencido a Warner Bros. para financiar este «cocoliche» punk, feminista y desvergonzado es, sencillamente, un milagro.

‘¡La novia!’ no es una película; es una autopsia festiva. Gyllenhaal coge el cadáver de la obra de Mary Shelley y el icónico molde de James Whale de 1935, les inyecta una sobredosis de estética grunge, unas gotas de Bonnie & Clyde y lo agita todo en una coctelera donde caben desde números musicales de claqué hasta el gore más pringoso. El resultado es, como bien dice el consenso, un experimento de científico loco: una criatura cosida con partes que no deberían encajar, pero que camina con un orgullo que ya quisieran para sí muchas producciones «perfectas».

Una Jessie Buckley fuera de control (y de época)

El corazón —o el motor eléctrico— de esta cinta es Jessie Buckley. Su interpretación de Ida (y de la propia Shelley en un juego metaficcional que a veces marea) es una fuerza de la naturaleza. Con la cara manchada de tinta negra, como una marca de Caín que es puro estilo, Buckley transita entre el trauma de la resurrección y la furia contra un patriarcado que la quiere de vuelta en su tumba (o, peor aún, jugando a las casitas con un monstruo).

A su lado, Christian Bale demuestra por qué es el mejor actor de su generación para interpretar a tipos que no están del todo ahí. Su Frankenstein es melancólico, sensible y está obsesionado con los musicales de la era dorada de Hollywood. Verlo compartir pantalla con una Annette Bening que canaliza el espíritu de los científicos locos de la Universal es uno de esos placeres que justifican la entrada.

¿Genialidad o incompetencia?

La crítica se ha dividido, y es lógico. La película es ruidosa, es caótica y, hacia la mitad del metraje, parece que Gyllenhaal pierde el mapa de su propio camino de baldosas amarillas. La subtrama de los detectives (Sarsgaard y una Penélope Cruz que parece pasárselo en grande aunque su personaje aporte poco oxígeno al relato) lastra el ritmo de una huida que debería ser puramente visceral.

Sin embargo, donde otros ven «incompetencia», aquí preferimos ver valentía. Gyllenhaal no tiene miedo al ridículo. Se atreve a meter a su hermano, Jake Gyllenhaal, haciendo números de danza mientras el mundo se desmorona, y se atreve a filmar un club nocturno queer de ultratumba que hace que el Joker de Todd Phillips parezca una función de colegio.

Veredicto

‘¡La novia!’ es un fracaso financiero, sí. Pero es el tipo de fracaso que se convierte en película de culto en dos telediarios. Es una obra surgida de la rabia y la libertad creativa, una que le escupe a la cara al algoritmo de Netflix y nos recuerda que el cine, para estar vivo, a veces tiene que estar un poco roto.

No es redonda, no es perfecta y, desde luego, no es para todos los públicos. Pero prefiero mil veces este desastre ambicioso y lleno de alma que cualquier producto prefabricado que no se atreva a quemar el laboratorio. Gyllenhaal ha creado un monstruo, y es hermoso.