El «efecto castor» o cómo Pixar ha dejado de intentar romperte el corazón para simplemente caerte bien
Hay una pregunta que sobrevuela cada estreno de la casa del flexo desde hace años, generalmente formulada por nuestras parejas o por ese amigo que solo va al cine cuando el logo de Disney asoma por la pantalla: «¿Se llora mucho?». Con Hoppers, la respuesta es un alivio o una decepción, según te pille el cuerpo: no, no vas a necesitar un cargamento de Kleenex, pero te vas a reír como no lo hacías desde que Mike Wazowski intentaba esconder a una niña humana en una fábrica de sustos.
Hoppers es, a efectos prácticos, la «norma» de Pixar. Esa zona de confort donde la factura técnica es impecable y el guion funciona como un reloj suizo, aunque no pretenda cambiar el curso de la historia del cine.

Una de espías, ecología y… ¿roedores mecánicos?
La premisa de Daniel Chong (que ya demostró con Somos Osos que lo de los animales se le da de vicio) no se anda con chiquitas. Tenemos a Mabel Tanaka, una amante de la naturaleza que decide que la mejor forma de salvar un hábitat es, básicamente, convertirse en un Avatar de madera y dientes incisivos. Se mete en un castor robótico y, a partir de ahí, la película despega.
Lo que podría haber sido un panfleto ecologista de manual se convierte en una comedia de enredo tecnofuturista. Es el Avatar de Cameron si en Pandora, en lugar de gatos azules gigantes, tuvieran que lidiar con presas de río y un reparto de voces (Jon Hamm, Bobby Moynihan) que se lo está pasando mejor que nosotros viéndolos.

Ni ‘Inside Out 2’ ni un desastre de streaming
Seamos sinceros: veníamos de una racha donde Pixar parecía disparar a ciegas (Elio, Elemental). Hoppers no intenta ser la «Gran Obra Maestra» que nos devuelva a la era dorada de Wall-E, pero tampoco es un descarte para rellenar catálogo en Disney+. Se siente como esas películas de los 90 que simplemente querían entretenerte durante 90 minutos y que acababas viendo en bucle.
- Lo mejor: El ritmo. Es una película eléctrica, con un humor que a veces roza lo gamberro (atención a las pullas al estamento político encarnado en ese alcalde).
- Lo peor: Que el listón de Pixar es su peor enemigo. La comparamos con Buscando a Nemo y, claro, la relación entre Mabel y el castor George se queda un escalón por debajo en lo emocional.

El veredicto
Hoppers ha llegado a la taquilla española triplicando a la competencia y no es por casualidad. En un mar de secuelas, precuelas y reboots de los que ya estamos hasta el gorro, una idea original —por muy loca que sea la de una chica controlando a un castor— se siente como un vaso de agua fría en el desierto.
No es la película que redefinirá tu existencia, pero es Pixar en plena forma artesanal. Una fábula que prefiere la carcajada a la lágrima y que demuestra que, a veces, para salvar el mundo, solo necesitas unos buenos circuitos y un par de paletas bien puestas.
Nota: Si buscas una catarsis emocional que te deje mirando al infinito, vuelve a ponerte Soul. Si quieres ver a un castor robótico liderar una revolución contra el urbanismo salvaje mientras te zampas las palomitas, corre a ver Hoppers.




