Padre, héroe y objetivo de Kingpin: Crítica de ‘Ultimate Spider-Man: The Paper’ (TPB Vol. 2)

Si pensabas que el experimento de Jonathan Hickman iba a perder fuelle tras el impacto del primer volumen, bienvenido a la confirmación de que estamos ante la serie más inteligente de Marvel en la última década. ‘Ultimate Spider-Man: The Paper’ (que recopila los números 7 al 12 USA) no es solo un cómic de superhéroes; es un tratado sobre la responsabilidad adulta, el periodismo de trinchera y cómo reconstruir un mito sin que parezca un refrito.

¿De qué va el arco, en limpio?

Olvídate de la adolescencia radiactiva. Aquí el tiempo corre en tiempo real. Han pasado siete meses desde que Peter Parker aceptó su destino. Mientras intenta domesticar un traje de tecnología punta junto a un Harry Osborn (Duende Verde) que es más un socio corporativo que un sidekick, la sombra de Kingpin y sus Seis Siniestros (reinventados como una élite de activos geopolíticos) empieza a asfixiar Manhattan. Pero el verdadero frente de batalla no solo está en las azoteas: está en la redacción del nuevo periódico de Ben Parker y J. Jonah Jameson, quienes están dispuestos a desmantelar el régimen de Fisk a golpe de verdad, aunque les cueste la vida.

Lo que funciona: El realismo tecnológico y el «Trío Calavera» del periodismo

El gran acierto de Hickman es despojar al mito de lo místico para abrazar la ciencia ficción dura. El traje de Spidey y la armadura de Harry no son «mágicos», son dispositivos de IA analizados por un Doctor Octopus que aquí ejerce de genio técnico (y voz de la razón cínica). Ver a Peter comiendo un sándwich mientras Otto le explica cómo su traje procesa su personalidad es el tipo de humanidad cotidiana que hace que este universo se sienta vivo.

El apartado visual de Marco Checchetto (con el relevo puntual de David Messina) es, sencillamente, el estándar de oro actual. Sus diseños para los nuevos villanos —un Kraven y un Mr. Negativo que exudan peligro real— y esa Nueva York hiperdetallada elevan la narrativa. Mención especial a las cuadrículas de nueve paneles de Messina en el número 10: convierten una serie de interrogatorios de Ben y Jonah en un thriller de tensión psicológica magistral.

Dato clave: La dinámica entre Ben, Jonah y Peter crea un triángulo emocional fascinante. Ver a un Tío Ben vivo, apasionado y ejerciendo de mentor periodístico es un regalo que compensa cualquier ritmo pausado.

El gran “pero”: El valle del drama doméstico

En el número 12, la serie abraza su naturaleza de «tiempo real» con un especial de Navidad que, aunque necesario para desarrollar a la familia de Mary Jane, puede resultar un bache de ritmo para el lector que busque acción desenfrenada. Se siente como un paréntesis costumbrista; es oro para el desarrollo de personajes, pero te saca de la tensión bélica contra el Maker que Hickman cocina a fuego lento en los números anteriores.

El final (#12): El cliffhanger que lo cambia todo

El cierre del volumen es una bofetada de incertidumbre. Tras un número centrado en cenas familiares y rencillas entre hermanas, Hickman lanza un giro final que juega con el legado de los clones o el simbionte de una forma que nadie vio venir. No es solo un truco de guion; es la prueba de que en este universo nadie está a salvo, ni siquiera la estabilidad doméstica que Peter tanto ha luchado por construir.

VEREDICTO: 🟢 IMPRESCINDIBLE

‘Ultimate Spider-Man: The Paper’ consolida este volumen como una lectura obligatoria. Hickman y Checchetto han logrado lo imposible: que nos importe más la integridad periodística de Ben Parker y el marketing de MJ que el siguiente gran combate. Es Spider-Man madurando con nosotros, en un mundo donde el peligro no viste mallas de colores, sino que se sienta en despachos y firma sentencias de muerte.