‘Anora’: El último gran baile (y bofetón) antes del relevo en el Dolby Theatre

A pocas horas de conocer qué película heredará el trono de la Academia este 2026, volvemos a la cinta que lo cambió todo el año pasado: el cuento de hadas psicotrópico de Sean Baker.

Esta noche, Hollywood se vestirá de gala para coronar a la «mejor» película de 2025. Los pronósticos están echados, los vestidos planchados y el champán en el hielo. Pero antes de que la nueva aristocracia del cine suba al escenario, conviene recordar quién ostenta todavía la corona. Hace justo un año, Sean Baker, el cineasta que mejor entiende la mugre y el neón de la América de los márgenes, dejaba de ser el «indie consentido» para convertirse en el rey absoluto.

‘Anora’ no solo barrió en los Oscar pasados con cinco estatuillas (Película, Director, Actriz, Guion y Montaje); hizo algo más difícil: reconciliar a Cannes con el Dolby Theatre. Pero, pasado el furor de la gala, ¿qué queda de la odisea de Ani?

La Cenicienta que no quería un zapato de cristal, sino un fajo de billetes

La premisa de Anora es un caballo de Troya. Baker nos vende una actualización de Pretty Woman (Garry Marshall, 1990) solo para recordarnos que, en 2024/2025, Edward Lewis no sería un caballero andante, sino el vástago indolente de un oligarca ruso con más testosterona que neuronas.

Mikey Madison (Ani) no interpreta; colisiona. Su Ani es una bailarina de lap dance en Brooklyn que ve en Iván (Mark Eydelshteyn) no a su príncipe azul, sino su salida de emergencia hacia una vida de jets privados y videojuegos en mansiones de lujo. El problema —y aquí es donde Baker saca el bisturí— es que el matrimonio en Las Vegas no es el final de la película, sino el inicio de una screwball comedy de pesadilla que recuerda tanto a los enredos de Howard Hawks como a la violencia cinética de Diamantes en bruto.

Estética de 35 mm y humor de trazo grueso

Rodada con una textura granulada que nos transporta al cine neoyorquino de los 70 —ese de French Connection y calles que huelen a asfalto húmedo—, Anora se divide en dos películas que apenas se saludan.

  • La primera parte es un videoclip de éxtasis, sexo y lujo hortera.
  • La segunda es una road movie urbana y neurótica por Brighton Beach, donde Ani debe enfrentarse a los matones del clan ruso (un soberbio Yura Borisov y Karren Karagulian) mientras su «marido» desaparece del mapa.

Es aquí donde Baker se la juega. Para algunos, la película es una «explosión salvaje y profana»; para los más cínicos, un ejercicio de voyerismo condescendiente que utiliza el mundo de la prostitución como un simple decorado para sus gags. ¿Es Ani un personaje real o el núcleo de una repetición cíclica de gritos y «puta tu madre»?

El veredicto: ¿Clásico moderno o espejismo de temporada?

A diferencia de The Florida Project, donde la tragedia se mascaba en el color pastel, Anora es ruidosa, caótica y, a ratos, extenuante. Baker renuncia a la sutileza para darnos una representación brutal del meme «expectativa vs. realidad».

A pocas horas de que la Academia pase página y elija a su nueva ganadora, Anora permanece como un testimonio incómodo. Es una película que finge ser un cuento de hadas para terminar estampándote la cara contra el cristal frío de una furgoneta en plena noche de invierno. No hay redención, solo una calma tensa y una Mikey Madison que, un año después, sigue siendo la dueña absoluta de cada fotograma.

Si esta noche la nueva ganadora tiene la mitad de la energía —aunque sea errática— de lo que Baker logró aquí, nos daremos por satisfechos. Pero no cuenten con ello.