El Pulitzer vuelve a las viñetas: ‘Alimentar a los fantasmas’ y el peso de una herencia que no se puede dibujar

Que el Premio Pulitzer haya tardado 33 años en volver a mirar a una novela gráfica —desde aquel hito de Art Spiegelman en 1992— dice mucho más del inmovilismo de los premios que de la salud del medio. Pero que la elegida sea Alimentar a los fantasmas, de la hasta ahora desconocida Tessa Hulls, es una carambola del destino que parece guionizada. Hulls, que servía bocadillos en Alaska mientras el jurado decidía su suerte, ha irrumpido en el mercado con una obra que no solo aspira a ser leída, sino a ser estudiada como un mapa de la epigenética del dolor.

La premisa es un tríptico generacional que recorre el siglo XX chino y el sueño (o pesadilla) americano: Sun Yi, la abuela periodista perseguida por el maoísmo; Rose, la madre que cargó con el miedo como única herencia; y la propia Tessa, la hija que intentó huir hasta la Antártida para descubrir que el trauma es un polizón que no necesita pasaporte.

Lo que hace que esta obra sea demoledora es su densidad. Y no lo digo como un halago ligero: es un cómic difícil de leer. Hulls rompe la regla de oro del «muestra, no cuentes» y satura las páginas con una cantidad de texto que haría palidecer a una novela de no ficción. Quiere contarlo todo: la historia de China, el colapso mental de su abuela, las memorias superventas que esta escribió en Hong Kong y su propia reconstrucción como mujer «vaquera» que huye de los vínculos. Esta saturación, que en manos de alguien con menos talento sería un suicidio narrativo, aquí funciona como una representación física de la asfixia familiar.

A nivel visual, Hulls se aleja del minimalismo de Satrapi para abrazar un estilo que recuerda al aguafuerte, donde el negro de la tinta parece líquido amniótico y, a veces, petróleo. Las metáforas visuales son, con diferencia, lo más potente del tomo: esos remolinos espectrales que invaden el espacio negativo y representan la «gemela fantasma» de su madre (esa disociación necesaria para sobrevivir al dolor) son de una brillantez técnica sobrecogedora. Especial mención merece la comparación entre su abuela y los gorriones asesinados en la campaña de Mao de 1958; una imagen que se queda grabada y que define mejor el fascismo institucional que cualquier libro de historia.

Sin embargo, el volumen no es perfecto. Hay una tendencia persistente a la sobreexplicación. Hulls a veces subestima la capacidad de sus propias imágenes y se empeña en subrayar con palabras lo que el lector ya ha sentido en la viñeta. Es como si el miedo de su madre a ser malinterpretada hubiera calado también en la estructura del libro, obligándola a ser una narradora que no permite el silencio.

Aun así, Alimentar a los fantasmas es un triunfo. Es una obra que utiliza el cómic no como entretenimiento, sino como herramienta de disección quirúrgica. Tessa Hulls ha logrado lo que buscaba: derribar el muro de silencio de tres generaciones. Y lo ha hecho con una honestidad que, a ratos, resulta casi insoportable de leer.

VEREDICTO: 🟢 IMPRESCINDIBLE

Una clase magistral de historia, trauma intergeneracional y narrativa gráfica. Densa, dolorosa y necesaria para entender que el cuerpo, efectivamente, siempre lleva la cuenta.