Reina de ceniza y compasión — Crítica de Absolute Wonder Woman: La última amazona

Si el Universo Absolute de DC es una realidad moldeada por la influencia de Darkseid, la Wonder Woman de Kelly Thompson y Hayden Sherman es su manifestación más pura. Ganadora del Premio Eisner 2025 a Mejor Serie Nueva, esta etapa no se limita a reinventar al personaje: lo despoja de su iconografía cómoda para devolverlo al terreno del mito trágico. El resultado es una Diana más salvaje, más rota y, paradójicamente, más humana que nunca.

Aquí no hay isla paradisíaca ni destino glorioso heredado. La última amazona parte de una idea radical: Diana no nace como símbolo, sino como superviviente. Abandonada de bebé en la Isla Salvaje del Infierno por orden de Apolo —decidido a erradicar a las Amazonas—, es Circe quien desobedece a los dioses y la cría bajo un principio simple y devastador: la compasión no es debilidad; es resistencia. La magia, en este universo, no es don ni truco: es voluntad sostenida a través del dolor.

Cuando Diana irrumpe en Gateway City no lo hace como heroína accidental, sino como respuesta de choque. A lomos de un Pegaso esquelético, empuñando la Espada Atenea y el Lazo Némesis, su llegada tiene algo de castigo bíblico. Frente a ella, un Steve Trevor muy alejado del arquetipo romántico: soldado, curtido, alguien que reconoce en Diana no un ideal, sino a una igual marcada por las cicatrices.

El arco alcanza su punto más inquietante con la aparición del Tetracida, una entidad que emite la llamada Muerte del Miedo: una frecuencia psíquica que sumerge a la ciudad entera en un pánico absoluto. La decisión de Diana es tan heroica como perturbadora: ensordece mágicamente a toda la población para salvarla de la locura. Gateway City se salva, sí, pero a costa de un trauma colectivo. Thompson no esquiva la pregunta incómoda: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por la salvación?

Ese dilema define toda la serie. Diana pierde un brazo en combate —una elección narrativa tan audaz como coherente— y lo sustituye por una prótesis mágica que no busca ocultar la herida, sino recordarla. Más adelante, para derrotar definitivamente al Tetracida, se ve obligada a asumir una forma literal de Medusa, fragmentando su propia esencia. El heroísmo aquí no ennoblece: erosiona.

El reparto secundario refuerza esa lectura trágica. Barbara Minerva aparece todavía como estudiosa de los mitos, una aliada intelectual antes de cualquier condena futura. Y la relación entre Circe y Diana —madre e hija en todo menos en la sangre— se convierte en el verdadero núcleo emocional del relato: un vínculo de amor imperfecto que se paga con sacrificios reales. No es casual que el arco cierre con el descenso de Diana al Inframundo para rescatar a Circe: la heroína vuelve siempre al lugar donde fue hecha, aunque eso implique perderse un poco más.

Visualmente, Hayden Sherman y Jordie Bellaire firman una de las propuestas más poderosas del cómic reciente. Sherman rompe con cualquier atisbo de glamour clásico: su Diana es musculosa, severa, casi escultórica, una reina de guerra grecolatina. Bellaire contrapone los púrpuras opresivos del Infierno con estallidos dorados de magia, convirtiendo cada combate en un choque de voluntades más que de fuerza bruta.

Absolute Wonder Woman no trata sobre dioses, sino sobre qué queda de lo humano cuando todo lo demás ha sido quemado. Thompson entiende que el heroísmo no es herencia ni destino: es una elección que siempre deja restos. En un universo diseñado para aplastar la esperanza, Diana demuestra que la compasión —aunque duela— sigue siendo el arma más peligrosa de todas.

VEREDICTO: 🟢 IMPRESCINDIBLE

Un mito reescrito desde la herida. Brutal, incómodo y emocionalmente devastador.