El Universo Absolute de DC prometía riesgos, y el Absolute Superman de Jason Aaron y Rafa Sandoval es, probablemente, el título que más se aleja del faro de esperanza que tradicionalmente ha definido al personaje. Sin embargo, tras leer este primer volumen (Last Dust of Krypton, #1–6), la sensación que queda es inevitablemente agridulce. Aaron no nos entrega al Boy Scout de Metrópolis, sino a un Kal-El que parece salido directamente del imaginario más sombrío del Man of Steel de Zack Snyder: un paria taciturno que recorre el mundo deshaciendo entuertos con un peso emocional que roza lo asfixiante. Vamos, que me vais a perdonar el chiste fácil haciendo alusión al título del recopilatorio: pero al último polvo de Krypton… le falta precisamente eso: echar un buen polvo.
Un Superman bajo la sombra de Man of Steel
La historia nos presenta a un Kal-El que no es un símbolo, sino un rumor. Lo vemos saltar de las minas de Brasil a los barrios marginales de la India, actuando en la sombra contra la Corporación Lazarus, un gigante empresarial que controla los recursos del planeta con puño de hierro. Aquí no hay Daily Planet ni skyline reconocible: hay un sistema opresor sostenido por los Pacificadores, un ejército privado cuya estética recuerda obviamente al Peacemaker de John Cena y que funciona como brazo armado de un orden profundamente corrupto.
Los secundarios tampoco salen indemnes de esta reinterpretación. Lois Lane aparece como agente de Lazarus y, tras un encuentro fortuito con Kal-El en una mina de diamantes, comienza a cuestionar su lealtad mientras investiga la identidad de este “extranjero”. Jimmy Olsen, por su parte, se aleja del fotógrafo ingenuo para integrarse en los Omega Men, aquí reconvertidos en una célula de resistencia anticorporativa que se mueve peligrosamente cerca del terrorismo.
Sol: cuando la tecnología sustituye al hogar
Sin embargo, uno de los añadidos más llamativos del tomo es Sol, la inteligencia artificial integrada en el traje de Superman. En un mundo donde su estancia con los Kent fue apenas un paréntesis de seis semanas y donde no existe una Fortaleza de la Soledad, esta IA de nanotecnología es su único vínculo con Kriptón. Sol no solo gestiona sus poderes: es la voz que lo ancla a su misión y subraya su aislamiento.
El problema es que este recurso se siente menos como una decisión orgánica y más como una muleta narrativa. Sol funciona, en la práctica, como una excusa para que Superman tenga con quién hablar sin caer en el silencio pétreo o en el héroe monosilábico. La pregunta es inevitable: ¿realmente necesitaba Superman un traje “simbionte” tecnológico para resultar empático? Aquí es donde Aaron parece equivocarse de personaje. Esta soledad mecanizada encaja mejor en otros héroes rotos; en Superman, refuerza la sensación de distanciamiento.
Una narrativa que se muerde la cola
No obstante, el gran lastre del volumen está en su estructura. Aaron apuesta por una doble narrativa que nos devuelve una y otra vez a los últimos días de Kriptón. Pese a ciertos cambios estéticos —unos padres científicos integrados en el Gremio del Trabajo—, la destrucción del planeta sigue un camino excesivamente familiar.
Dedicar buena parte de seis números a revisitar el sacrificio de Jor-El y Lara acaba resultando reiterativo, casi agotador. Es como si la muerte en el callejón de los Wayne se estirara durante un arco completo. Para cuando llegamos al clímax —con la revelación de Ra’s al Ghul como cerebro de Lazarus y un Brainiac convertido en IA retorcida con agenda propia—, la urgencia dramática ya se ha diluido entre tanto polvo kriptoniano.
Veredicto: 🟡 INTERESANTE, PERO CON RESERVAS
Jason Aaron es un guionista sólido y Rafa Sandoval firma un apartado visual potente, crudo y vibrante, con ecos noventeros pasados por un filtro moderno. Pero este primer arco se siente más como un ejercicio de worldbuilding que como una historia con voz propia. Personalmente, empieza a cansar esta insistencia en versiones “malotas” o atormentadas de Superman: lo alejan tanto de su esencia que acaba convertido en otro héroe roto más del montón.
Queda la esperanza de que, una vez superada la pesada losa del origen, lo que venga después sea más estimulante que este arranque tan deudor de la estética del héroe sin faro.




