Hay una idea buenísima en el centro de Anaconda: dos tipos que soñaron con hacer cine cuando eran críos (Jack Black y Paul Rudd) y que, ya de adultos, se agarran a la oportunidad de su vida como quien se agarra a una tabla en mitad del río. No quieren “revivir una IP”: quieren revivirse a sí mismos. Y por eso la película arranca con una energía muy reconocible, casi entrañable: la del amigo pesado que te convence de hacer algo absurdo porque “tío, esto lo hacemos una vez y ya está”. El Amazonas como terapia de pareja creativa.
El problema es que Anaconda juega a dos películas a la vez… y no siempre las mezcla bien. Por un lado, está el “meta-reinicio” consciente de su propia existencia: la película sabe que la original del 97 es un icono por motivos que no estaban en el plan, y se ríe de esa herencia con un punto de autoparodia industrial. Por otro lado, está la comedia de colegas perdidos en la selva, que funciona cuando se centra en lo humano: la dinámica entre Black (torbellino) y Rudd (estoico resignado), el grupo de amigos, la ilusión de estar rodando “algo grande” con medios pequeños.
Cuando la película se queda ahí —en esa mezcla de ilusión, ridículo y ternura—, entra fácil. Porque todos hemos tenido una versión de ese sueño: “si me dieran una oportunidad, yo…” Y aquí, la oportunidad viene envuelta en sudor, barro y una producción que parece montada con cinta americana y fe.
Pero cada vez que Anaconda intenta “ser también” cine de monstruo, la cosa se resiente. No porque no haya set pieces o porque falten sustos, sino porque el motor real no es la anaconda: es el gag y la química. La serpiente aparece como amenaza intermitente, casi como recordatorio contractual de que esto se llama Anaconda. Y esa decisión puede ser inteligente (la película elige dónde pone el foco), pero también le quita colmillo al conjunto: el espectador entra por la promesa del delirio selvático y se queda por Jack Black haciendo de Jack Black… si te compra, claro. Si no te compra, se te puede hacer larga.
Lo que sí se le puede reconocer es que entiende el tono navideño de “película-evento”: la que ves con amigos, medio agotado del año, y te da igual si es alta cocina mientras tenga ritmo y personalidad. Anaconda no pretende ser prestigio ni reinvención seria; pretende ser un juguete simpático con mala leche justa, y en sus mejores momentos lo consigue.
¿Mi veredicto? Una comedia irregular pero con un concepto lo bastante juguetón como para sostenerla: más divertida cuando se mira al espejo que cuando mira a la serpiente. Si vas buscando terror, no. Si vas buscando un rato de “qué narices estoy viendo” con dos estrellas en modo autoparodia, sí.




