‘Aída y vuelta’: volver a Esperanza Sur sin pedir perdón (y sin hacer “más de lo mismo”)

Hay revivals que vuelven para alimentar la nostalgia como quien recalienta croquetas. Y luego están los que vuelven para mirarse al espejo, reírse de lo que fueron… y preguntarse qué demonios significa ser eso hoy. ‘Aída y vuelta’ pertenece claramente al segundo grupo: no es “una peli de Aída” al uso, sino un artefacto meta que finge —con toda la cara— que la serie siguió en emisión hasta 2018 y que estamos asistiendo al rodaje de un capítulo. Y ahí, en esa grieta entre la ficción y el “detrás de”, es donde Paco León encuentra oro.

De qué va (sin destripar)

La película se construye como un rodaje ficticio: decorados reconstruidos, personajes que entran y salen, tomas que se repiten, egos que chocan… y, sobre todo, la sensación de que el barrio está vivo aunque sus intérpretes lleven años siendo otras cosas. En paralelo, los conflictos personales del reparto (o de versiones de sí mismos) se van mezclando con el “episodio” que están grabando, y el chiste fácil convive con algo más incómodo: el peso de un personaje icónico, el cansancio, los límites de lo que antes se decía sin pensar y ahora se mira con lupa.

No hace falta que hayas visto la serie para entender el dispositivo, pero si la viste, el golpe emocional entra por atajos. Paco León, además, ha explicado que la idea no era solo apelar a la nostalgia, sino cruzarla con los cambios sociales de los últimos años, desde debates sobre cancelación o MeToo hasta la trastienda de la industria y sus zonas grises.

Lo mejor: el truco no es un truco, es una postura

Lo inteligente es que la película no se disfraza de “evento respetable” ni pretende pedir perdón por existir. Al revés: abraza el barro, la incorrección medida (la de personajes que siempre han sido moralmente discutibles), y lo convierte en tema. En lugar de “actualizarse” rebajando lo que era, decide hacer algo más arriesgado: poner el debate dentro del propio texto. Y eso, cuando funciona, es divertidísimo.

También ayuda que el formato “rodaje dentro del rodaje” permite algo que un revival convencional no conseguiría: dar juego a todo el reparto sin obligación de “reiniciar tramas”. Es una despedida, sí, pero también una especie de autopsia cariñosa de lo que significó Aída como fenómeno popular.

Lo irregular: cuando la peli se dispersa, se nota

El problema de estas propuestas corales es el de siempre: no todo tiene el mismo peso. Hay líneas que parecen esbozadas, otras que encuentran su punto exacto de mala leche y ternura, y algún tramo donde el conjunto amenaza con convertirse en “colección de momentos” más que en relato con destino. Aun así, la película suele recuperar el pulso cuando vuelve a lo esencial: el barrio como familia disfuncional y la comedia como mecanismo de supervivencia.

El contexto: esto no vuelve porque sí

Que Aída siga teniendo tirón no es teoría: ‘Aída y vuelta’ debutó fuerte en taquilla, superando el millón y medio de euros en su primer fin de semana (dato que dice bastante sobre lo que todavía arrastra un título de nueve años en emisión). Y, además, el propio “evento” se ha planteado como algo más grande que la película, con el gancho añadido de material extra ligado al regreso.

Veredicto

‘Aída y vuelta’ no es la vuelta cómoda que algunos imaginaban, y por eso mismo tiene gracia. Paco León entiende que repetir la fórmula sería el verdadero insulto: lo que propone es un regreso con conciencia, que se permite ser gamberro pero también mirarse con cierta crudeza. No es perfecta, pero sí tiene algo que muchos revivals no consiguen: una razón para existir que no se agota en el “¿te acuerdas?”.

Si lo que quieres es “un capítulo largo” de Aída, puede que te choque. Si te apetece ver a Esperanza Sur convertida en un escenario donde se habla —con humor— de lo que fuimos y de cómo miramos ahora lo que antes celebrábamos, esta vuelta tiene más mala idea de la que aparenta.