Tardes de soledad: Albert Serra filma el rito hasta que el rito te filma a ti

Albert Serra ha hecho con la tauromaquia lo que mejor sabe hacer con cualquier materia inflamable: quitarle el contexto, cerrarle la puerta a la explicación, y dejarte a solas con la textura. Tardes de soledad no discute el toreo: lo encierra en una campana de cristal estética y te obliga a respirarlo a pulmón completo. Por eso la película es tan fácil de odiar, tan fácil de venerar… y tan difícil de sacudirse.

El planteamiento es casi obsceno por su simplicidad: Andrés Roca Rey, su cuadrilla, varias corridas, el antes y el después. Serra se estrenó en San Sebastián 2024 llevándose la Concha de Oro, y luego llegó a salas españolas en marzo de 2025. Pero lo relevante no es el “qué” sino el “cómo”: planos cerrados, público prácticamente fuera de campo, insistencia en el cuerpo (del torero y del toro) y una repetición que no busca variedad, busca desgaste.

El documental como cámara de eco

La película es un test de Rorschach moral, sí, pero no por tibieza: por método. Serra no pone un pie en el terreno de la tesis; se queda en el terreno del trance. Y ahí la tauromaquia aparece como una maquinaria perfecta: ceremonia, masculinidad performativa, técnica, miedo, adrenalina, sangre. El film no te guía hacia una conclusión: te encierra con tus conclusiones previas y sube el volumen.

Esa estrategia es tan potente como tramposa: al renunciar al contexto, el cine se vuelve el contexto. La ausencia de grada no neutraliza el espectáculo; lo concentra. Y cuando el fuera de campo se llena de voces, arengas, bromas, piropos y liturgia de vestuario, lo que emerge es una épica rara: no la del héroe clásico, sino la del hombre atrapado en una identidad que necesita ser confirmada a gritos cada tarde.

Repetición, pero con intención (y con factura)

Hay una frase que se ha repetido mucho: “inmersiva y desvergonzadamente repetitiva”. Y es exacta… pero incompleta. La repetición aquí no es sólo duración: es forma. Serra monta la experiencia como una espiral que alterna precisión y agotamiento: el mismo ritual se repite hasta que deja de ser “faena” y se convierte en patrón. A ratos, la película roza lo abstracto: color, barro, dorado, rojo; cuerpos que entran y salen de una coreografía de amenaza. A ratos, te devuelve al hecho físico con una crueldad casi científica: respiraciones, miradas, heridas, el tiempo real de una agonía que el cine —por su naturaleza— no puede suavizar. Esa tensión, entre hipnosis y evidencia, es su centro.

Ahí está la grandeza formal que muchos han celebrado (y no sin razón): una película “monumental… brutal… bellísima” según Luis Martínez. Y también está el motivo por el que otros salen de la sala con la sensación de haber asistido a un artefacto estético que, por muy depurado que sea, no puede desinfectar lo que muestra.

El héroe y el coro

Roca Rey funciona en pantalla como una figura casi muda: un cuerpo que concentra presión. Y la cuadrilla, en cambio, es puro verbo: un coro que convierte cada gesto en destino, cada duda en mito, cada victoria en prueba de hombría. Serra no se burla de ellos, pero tampoco los idealiza: los deja actuar, y al dejarlos actuar se revela lo más incómodo del dispositivo. La película capta —con una nitidez casi pornográfica— cómo se fabrica una épica en tiempo real: no en la arena, sino en lo que se dice alrededor de la arena.

Y ahí aparece algo que es muy Serra: el humor involuntario, la pompa que se infla, la teatralidad masculina que roza lo operístico. En una entrevista, el propio director insistía en que no buscaba “defender la corrida”, sino hacer “una gran obra de cine”. La película se entiende mejor si le crees: no es propaganda; es fetichismo formal llevado al límite.

La soledad real

El título no habla sólo del torero. Habla de la soledad del animal (en el encuadre y en el destino), del torero (dentro de un personaje que tiene que ser invulnerable) y, sobre todo, del espectador: solo ante una repetición que acaba siendo física. El cine aquí no “denuncia” ni “celebra”: expone. Y exponer, cuando lo expuesto es violencia ritualizada, es una decisión estética con consecuencias.

  • Tardes de soledad* es una película técnicamente deslumbrante y éticamente imposible de “dejar pasar”. Si entras buscando una postura, no la vas a encontrar. Si entras dispuesto a mirar de frente, Serra te da exactamente lo que promete: una inmersión que no te acompaña, te encierra. Y al salir, más que una idea, te queda una sensación muy concreta: que has visto un rito lo bastante de cerca como para entender por qué fascina… y por qué asusta.