Thunderbolts*: La terapia de grupo que Marvel necesitaba

Llevamos años leyendo que «la última película de Marvel es la mejor desde Endgame«. Es una frase que ha perdido todo su valor por puro desgaste, pero con Thunderbolts* (sí, el asterisco tiene truco), por fin podemos decir que, al menos, es la más humana en mucho tiempo. No es una revolución, ni va a ganar el Óscar a mejor película, pero es un ejercicio de supervivencia narrativa que endereza el rumbo del MCU volviendo a lo básico: personajes rotos, acción física y menos «cacaos» multiversales.

Florence Pugh y su banda de inadaptados

Si esta película funciona, es por Florence Pugh. Su Yelena Belova no solo es el centro gravitacional de la cinta, sino que Pugh demuestra que puede heredar el trono de Robert Downey Jr. en cuanto a carisma y magnetismo. La película se siente, en muchos sentidos, como una Viuda Negra 2 camuflada, donde el resto de antihéroes orbitan a su alrededor.

El grupo es una delicia de ver, aunque el reparto de minutos sea desigual. Sebastian Stan (Bucky) cumple como el anclaje veterano, y Wyatt Russell (John Walker) sigue clavando ese perfil de «héroe con problemas de ira» que tanto nos gusta odiar. Sin embargo, es una lástima que personajes como el Guardian Rojo de David Harbour caigan a veces en el alivio cómico excesivo, o que el Supervisor sea poco más que un cameo glorificado.

Acción real contra el abismo digital

Uno de los mayores aciertos de Jake Schreier es haber recuperado la sensación de peso. Tras años de héroes flotando en fondos de pantalla verde mal integrados, Thunderbolts* apuesta por una acción más práctica y física. El salto de Pugh desde un edificio al inicio de la cinta es una declaración de intenciones: Marvel quiere que volvamos a creer en la gravedad.

La trama sigue la regla del KISS (Keep It Simple, Stupid). No hay portales interdimensionales amenazando el tejido de la realidad; hay un grupo de mercenarios que han sido engañados y que deben aprender a no matarse entre ellos mientras descubren qué demonios es ese «asterisco» que el gobierno les ha puesto encima.

El muro de cristal del MCU

Pero no nos engañemos: sigue siendo una producción de Marvel Studios. Aunque el primer y segundo acto se sienten frescos y casi «indies» dentro de la escala del estudio, el tercer acto sucumbe a los tropos de siempre. La charla introspectiva sobre el poder de la amistad y la destrucción (algo más contenida de lo habitual) de edificios nos recuerda que, al final del día, Kevin Feige sigue moviendo los hilos para que todo encaje en el molde.

Lo más decepcionante es quizá el tratamiento de los antagonistas. Tanto la Valentina de Julia Louis-Dreyfus como el Vigía (Lewis Pullman) se sienten desaprovechados, víctimas de un guion que prefiere guardar las mejores balas para futuras entregas en lugar de cerrar un conflicto con auténtica garra.

Conclusión

Thunderbolts* es una grata sorpresa. Es una película equilibrada, bien armada y, sobre todo, entretenida. No rompe el molde ni transgrede el género, pero recupera la dignidad de una franquicia que parecía haber olvidado cómo contar una historia sencilla sobre gente complicada.

Es la mejor película de Marvel en años, sí. Pero eso, en 2025, es tanto un elogio para los Thunderbolts como un tirón de orejas para todo lo que vino antes. No convertirá a los detractores, pero para los que coleccionamos grapas, es un brote verde muy necesario.