Hay algo intrínsecamente arriesgado en dividir un musical en dos entregas con un año de diferencia. Si la primera parte de Wicked fue una explosión de color y descubrimiento, esta segunda entrega es el despertar de la resaca. Jon M. Chu nos devuelve a Oz, pero ya no es el patio de recreo académico de Shiz; es un estado policial, un laberinto de espejos y una oda a la decepción que dinamita, con una elegancia cruel, el mito de 1939.
El laberinto moral de dos brujas
El corazón de la película sigue siendo el duelo (y dúo) entre Cynthia Erivo y Ariana Grande. Si en la primera parte Elphaba era el motor, aquí es Glinda quien se lleva la parte más jugosa del pastel dramático. Grande está fantástica capturando esa fragilidad de quien sabe que está viviendo una mentira dorada. El número musical donde Chu la rueda entre reflejos no es solo un alarde técnico; es la visualización perfecta de un personaje que se ha perdido en su propia propaganda.
Por su parte, Erivo dota a Elphaba de una cualidad de «justiciera solitaria» que bebe tanto del western como de la tragedia griega. Su interpretación de No Good Deed es, posiblemente, el momento más puramente cinematográfico de la cinta: ampuloso, desgarrado y visualmente apabullante.
Un musical clásico que odia el clasicismo
Lo más fascinante de Wicked: For Good es cómo se mira en el espejo de El Mago de Oz de Victor Fleming para, acto seguido, romperlo. La película se atreve a cuestionar el «no hay lugar como el hogar», mostrando que Kansas quizá era gris, pero Oz es una dictadura de tecnicolor.
La dirección de Chu es mucho más madura aquí. Ya no busca el videoclip constante, sino que utiliza el plano secuencia y una paleta de colores más sombría para subrayar que el paraíso se está pudriendo. Es una película sobre noticias falsas (fake news) y fascismo encubierto tras baladas pop, lo que la hace extrañamente relevante en 2026.
El problema de la «mitad de la historia»
Sin embargo, no podemos ignorar las costuras. Al ser el «segundo acto», la película sufre de un ritmo accidentado. Mientras que la primera entrega se tomaba su tiempo para respirar, aquí todo se siente como un clímax constante que, paradójicamente, a veces se estanca.
La integración de Dorothy y su séquito es el punto más divisivo. Lo que debería ser la guinda del pastel a veces se siente como un «pegote» nostálgico que interrumpe el arco emocional de las protagonistas. Hay una sensación de premura por encajar todas las piezas del rompecabezas de L. Frank Baum que hace que secundarios de lujo como Jeff Goldblum o Michelle Yeoh queden reducidos a meros arquetipos de la maldad administrativa.
Conclusión
Wicked: For Good es un espectáculo visual que compite con los grandes hitos de la historia del cine musical, pero que paga el precio de su ambición estructural. Es menos redonda que su predecesora, más caótica y quizás demasiado dependiente de nuestra conexión previa con el material.
Pero cuando Erivo y Grande se unen para el dueto final de For Good, todo el ruido desaparece. En ese momento, la película nos recuerda que, más allá de los efectos especiales y la política de Oz, esta siempre fue una historia sobre lo que dejamos atrás al crecer. No es el final perfecto, pero es un final necesario y profundamente emotivo.




