Velocidad sin red de seguridad: Crítica de Absolute Flash Vol. 1 — De dos mundos

Si algo nos ha enseñado el Universo Absolute es que aquí no hay paracaídas.
Si Bruce Wayne no tiene dinero y Kal-El no tiene a los Kent, Wally West no tiene a la familia Flash. En este primer arco, narrado en los tres primeros números USA, Jeff Lemire y Nick Robles nos lanzan de cabeza a una versión del velocista escarlata donde correr no es un don, sino una condena exótica que te conecta a un mundo que no comprendes… y que tampoco parece querer comprenderte a ti.

Adiós a la Fuerza de la Velocidad

Olvídate de la mitología luminosa y los rayos amarillos. En Absolute Flash, el origen es sucio, violento y traumático. Wally West es un “mocoso del ejército” criado en una base militar bajo el puño de hierro de su padre, el coronel Rudy West. Su único refugio emocional es Barry Allen, un científico vinculado al Proyecto Olimpo que aquí cumple una función trágica y fugaz: es el catalizador de un accidente que mata al propio Barry y deja a Wally infectado por una energía roja incontrolable.

Lo que más impacta de este arranque no es el accidente en sí, sino el aislamiento absoluto que genera. Wally está solo. No hay mentor, no hay legado, no hay nadie que le explique cómo usar sus poderes. Hay, en cambio, un cadáver —el de Barry— que arrastra accidentalmente al intentar moverse, desintegrándolo por fricción.
Es crudo. Es incómodo. Es Lemire en estado puro.

Los Renegados como fuerzas especiales

Uno de los grandes aciertos del volumen es la reinvención de su galería de villanos. Los Rogues ya no son tipos con disfraces temáticos; aquí son un equipo de operaciones especiales, armados con tecnología experimental del Proyecto Olimpo:

  • Leonard Snart (Capitán Frío): líder militar, frío incluso cuando no dispara.
  • Digger Harkness (Bumerán): vigilancia, ataque remoto y control táctico.
  • Grodd: el giro más potente del arco. Ya no es un gorila gigante en una ciudad oculta, sino un pequeño mono verde mutado, víctima de experimentos, que conecta psíquicamente con Wally a través del dolor compartido.

La frase “Wally y Grodd son lo mismo” no es solo un subrayado temático: es el corazón emocional del tomo. Ambos son armas creadas por otros. Ambos corren sin saber hacia dónde.

El arte: un viaje psicodélico

Nick Robles firma un trabajo soberbio. Sus trazos rápidos y nerviosos capturan la desorientación constante de Wally. Cuando corre, no vemos solo desenfoque: vemos tiempos fracturados, recuerdos que se cuelan, futuros que se solapan. Wally no solo atraviesa el espacio; su mente salta entre posibilidades: salvador o monstruo de energía pura.

El color de Adriano Lucas es clave para que todo funcione. La frialdad aséptica de la base militar contrasta con el rojo neón de los poderes de Wally, un color que no transmite heroísmo, sino alarma permanente.

¿Un ritmo demasiado acelerado?

Puede sonar irónico decirlo en un cómic de Flash, pero sí: a veces corre demasiado. Lemire confía en que el lector acepte esta nueva mitología sin demasiadas explicaciones, y eso puede dejar a algunos atrás. Barry Allen, por ejemplo, aparece deliberadamente desdibujado: no es un mentor ni un faro, es un mártir. Una ausencia que pesa más que cualquier discurso inspirador.

La revelación final del hombre tras el espejo —el Amo de los Espejos— abre un frente más abstracto y cósmico que promete llevar la serie más allá del drama juvenil y el trauma militar. Aquí es donde Absolute Flash deja claro que esto solo es el primer salto.

🟢 VEREDICTO: NOTABLE ALTO

Absolute Flash es una reinvención valiente y sin concesiones. Cambia la épica luminosa por ciencia ficción dura, trauma y pérdida de identidad. No es el Flash que conoces… y precisamente por eso funciona.
Correr ya no es escapar: es sobrevivir sin saber a qué mundo perteneces.