Wonder Man: Marvel se mira al espejo… y por fin parpadea

Hay algo casi terapéutico en que Marvel se permita bajar el volumen. Wonder Man llega bajo el paraguas “Marvel Spotlight” como quien se quita el casco, se sienta en una silla plegable de rodaje y, en lugar de prometer el evento del año, decide contar una historia pequeña: la de un actor que se está quedando sin aire en un Hollywood donde la fe —en el oficio, en uno mismo, en el “algún día”— se cotiza más caro que cualquier superpoder.

La premisa es deliciosamente meta: Simon Williams (Yahya Abdul-Mateen II) intenta abrirse paso entre castings, selftapes y humillaciones profesionales mientras una nueva película de “Wonder Man” (sí, dentro del propio universo) se convierte en el objeto de deseo, la zanahoria, el espejismo. En paralelo, reaparece Trevor Slattery (Ben Kingsley), ese superviviente gloriosamente patético del MCU, convertido aquí en la mejor decisión narrativa posible: no tanto “conexión con la franquicia” como catalizador emocional. El resultado, cuando la serie acierta, es una buddy comedy melancólica sobre la identidad y el fracaso, más cercana al retrato humano que al catálogo de poderes.

Y funciona —sobre todo— por química. Abdul-Mateen II tiene esa mezcla rara de presencia física y vulnerabilidad que convierte a Simon en alguien reconocible: un perfeccionista que se autosabotea, un tipo que quiere “hacerlo bien” incluso cuando el sistema solo le pide que no moleste. Kingsley, por su parte, juega en casa: Trevor es carisma, inseguridad y ternura mal disimulada. Cuando están juntos, la serie encuentra su tono: cálido, irónico, a ratos doloroso, con esa sensación de que lo que realmente está en juego no es salvar el mundo, sino salvarse del cinismo.

Ahora bien: si entras esperando “la gran sátira definitiva” del cine de superhéroes, conviene ajustar expectativas. La serie coquetea con el comentario sobre la maquinaria industrial —el ego, la explotación, el postureo, la mercantilización de la autenticidad— pero a veces se queda en la versión amable, la broma con freno de mano. En otras palabras: tiene ganas de morder, pero mastica con cuidado. Parte de esa prudencia se nota también en su estructura: hay episodios que parecen diseñados para iluminar un ángulo y luego apartarse, y aunque el conjunto mantiene interés, no siempre termina de rematar con la mala leche o la audacia formal que su propio planteamiento pide a gritos.

Aun así, es precisamente su “bajo riesgo” lo que la hace respirar. En un ecosistema donde cada estreno parece un tráiler extendido de lo siguiente, Wonder Man se agradece como rareza: una historia que intenta sostenerse por personajes y oficio, no por promesas. Y esa sensación está bastante alineada con el consenso crítico: gran parte de las reseñas destacan su ligereza, su foco en el drama personal y el encanto del dúo protagonista.

Conclusión: no es la revolución que Marvel lleva años insinuando, pero sí una señal útil: cuando el estudio deja de correr hacia el siguiente portal dimensional y se atreve a mirar a sus personajes a los ojos, todavía puede resultar genuinamente entretenido… e incluso un poco humano.