Hamnet (Chloé Zhao, 2025): el duelo como materia prima del arte (y del mito)

Hay películas que no “cuentan” una historia: la destilan, como si la cámara fuese una alquitara emocional. Hamnet es una de esas. Adaptando la novela de Maggie O’Farrell, Chloé Zhao firma un drama de tragedia histórica que, en vez de ponerse la corona de “biopic literario”, elige una ruta más difícil: mirar de frente el duelo doméstico que pudo quedar enterrado bajo el mármol del genio.

La premisa es sencilla y casi cruel: Agnes (Jessie Buckley) y Will (Paul Mescal) pierden a su hijo Hamnet, con once años. Y a partir de ahí, lo que se rompe no es solo una familia: se fractura el tiempo, la identidad y la posibilidad misma de volver a ser “los de antes”. (Porque nadie vuelve.)

La película debutó en Telluride y se fue consolidando como uno de los títulos fuertes de la temporada, incluyendo AFI Top 10.

Zhao filma el dolor como naturaleza: bello, orgánico… y peligrosamente perfecto

Zhao ya había demostrado que su talento no era el “accidente feliz” de Nomadland: su cine sabe escuchar el aire, el espacio, los silencios, los cuerpos en relación con el entorno. En Hamnet, esa sensibilidad se aplica a un material mucho más espinoso: el dolor íntimo y su metamorfosis.

El resultado es robusto y contenido a la vez: planos con peso de cuadro clásico, pero sin el engolamiento de museo. Aquí lo histórico no es una vitrina; es barro, leña, piel, fiebre, habitaciones pequeñas donde el sufrimiento no tiene épica, solo insistencia.

Y sí: hay un riesgo real de que a algunos espectadores les parezca “misery porn”. No porque Zhao se recree en la tragedia de forma obscena, sino porque toda la película está diseñada para que el final te alcance. Si entras esperando “la historia de cómo Shakespeare escribió Hamlet”, te equivocas de puerta: Hamnet es, sobre todo, la historia de cómo una pareja se descompone de maneras incompatibles ante la misma pérdida.

Jessie Buckley: una interpretación que no actúa, arde

Esto es, sin rodeos, una película de Jessie Buckley. No en el sentido de lucimiento histriónico, sino en el de sostener un edificio entero desde lo invisible: su Agnes es animal, terrenal, casi mística sin caer en el cliché de “la bruja sabia del bosque”. Es un personaje vivo, contradictorio, imprevisible, que no necesita subrayados para imponerse.

La crítica internacional lo ha dicho a gritos: Buckley es el centro gravitacional del film.

Mescal, por su parte, funciona como contrapunto: menos “explosión” y más deriva, un Will que se refugia (o huye) en la distancia, en la ausencia, en el trabajo. Y ahí está una de las claves: Hamnet entiende que el duelo no une; a menudo separa, porque cada uno lo vive como una religión privada.

La gran idea: el arte como catarsis, no como explicación

Si esperas que la película “resuelva” el misterio de Hamlet, olvídalo. Hamnet no pretende ofrecer una tesis académica tipo “esto inspiró tal monólogo”. Lo que hace es mucho más interesante: insinúa que el arte no nace de una revelación, sino de una necesidad desesperada de ordenar el caos.

El film no canoniza al genio: lo humaniza. Y, aún más importante, humaniza lo que la historia suele borrar: la esposa, la casa, la crianza, el barro del día a día. Zhao y O’Farrell (en guion) entienden que la grandeza pública casi siempre se alimenta de una trastienda privada que no sale en los retratos.

¿Obra maestra o “Oscar-bait” muy fino

Que la película haya sido recibida como gran contendiente de temporada no es casualidad. Entre premios y conversación crítica, Hamnet fue colocada como una de las apuestas fuertes del año (incluida en el top de AFI) y su campaña ha ido en esa dirección.

El debate de “¿está calculada para emocionarte?” me parece legítimo… pero incompleto. Claro que está calculada: el cine también es arquitectura. La pregunta real es si el cálculo se siente falso. Y aquí, para mí, Zhao gana porque lo emocional no nace de un truco, sino de una puesta en escena que respeta el silencio, el cuerpo, el tiempo y el desgaste.

Eso sí: hay un punto donde la película puede parecer demasiado consciente de su propia importancia, como si estuviera siempre a dos pasos de la posteridad.

Veredicto

Hamnet es un drama hermoso y devastador sobre el duelo como fuerza geológica: mueve todo, pero no lo ves venir hasta que ya lo ha cambiado. No es una película cómoda ni pretende serlo. Si conectas con su frecuencia, te deja tocado. Si no, puede parecerte un mecanismo muy elegante para hacerte llorar.

En cualquier caso, es una de esas películas que justifican que el cine siga existiendo: porque a veces una historia no viene a entretenerte, viene a recordarte que todo lo que vive debe morir, y que aun así —o por eso— seguimos amando.