Hay novelas históricas que reconstruyen el pasado.
El director, de Daniel Kehlmann, hace algo bastante más incómodo: lo interroga. Y, de paso, nos señala con el dedo.
Basada en la vida real del cineasta G. W. Pabst, uno de los grandes nombres del cine de la República de Weimar, la novela no va de nazis, cine o colaboracionismo como concepto abstracto. Va de algo mucho más resbaladizo: la capacidad humana para adaptarse mientras todo alrededor se vuelve moralmente insoportable.
Pabst no fue un fanático. Tampoco un héroe. Y ahí está el problema.
Un genio incapaz de dirigirse a sí mismo
Kehlmann retrata a Pabst como un artista brillante y, a la vez, radicalmente incompetente para la vida. Un hombre capaz de dirigir actores, masas y emociones, pero incapaz de tomar una sola decisión ética sin esconderse detrás del “no había alternativa”.
Huido del Reich, humillado por Hollywood, Pabst regresa a Austria —supuestamente por una madre enferma— y queda atrapado en el engranaje nazi. A partir de ahí, todo se vuelve progresivamente claustrofóbico: despachos, fiestas, rodajes, cenas, reuniones… y siempre la misma pregunta flotando en el aire:
¿hasta dónde se puede ceder sin romperse del todo?
El régimen no le pide adhesión ideológica. Le pide algo peor: eficiencia, silencio y talento.
El nazismo como atmósfera, no como villano caricaturesco
Uno de los grandes aciertos de El director es su retrato del poder. Joseph Goebbels (nunca nombrado directamente, siempre “el Ministro”) no grita, no amenaza de forma explícita. Sonríe. Sugiere. Acompaña.
El fascismo aquí no entra dando un portazo, entra ofreciendo soluciones prácticas.
Mientras tanto, la vida cotidiana se contamina:
- La esposa de Pabst, Trude, se diluye entre alcohol y clubs de lectura nazis.
- El hijo, Jakob, aprende a sobrevivir en el patio del colegio y en las Juventudes Hitlerianas.
- El trabajo se convierte en refugio… y en coartada.
Kehlmann no juzga de forma obvia. Aprieta el nudo despacio.
Cine dentro del cine, pesadilla dentro de pesadilla
Formalmente, la novela es una delicia incómoda. Sueños, entrevistas ficticias, recuerdos deformados, escenas que parecen rodadas por alguien que ya no distingue realidad de montaje. No es casual: Pabst piensa en términos de planos incluso cuando huye de las bombas.
La aparición de figuras históricas —Greta Garbo, Louise Brooks, Leni Riefenstahl, P. G. Wodehouse— no es decorativa. Cada uno funciona como espejo deformante de Pabst: quienes huyeron, quienes triunfaron, quienes abrazaron el monstruo sin complejos.
Especialmente demoledor es el retrato de Riefenstahl: fría, narcisista, monstruosamente coherente. Frente a ella, Pabst parece aún más pequeño, más confuso, más patético.
¿Colaborador, víctima o excusa con patas?
La gran virtud de El director es que no ofrece consuelo moral. No absuelve a Pabst, pero tampoco lo convierte en villano. Lo deja suspendido en ese territorio gris donde nacen las peores decisiones históricas.
Kehlmann no escribe una biografía novelada: escribe una fábula oscura sobre la autocensura, sobre el precio de seguir creando cuando el mundo exige obediencia, sobre la mentira tranquilizadora de que “si no lo hago yo, lo hará otro”.
Y esa es la verdadera bomba del libro: no habla solo del nazismo. Habla de cualquier sistema donde el poder pide arte, prestigio y talento… a cambio de mirar hacia otro lado.
Veredicto
El director es una novela brillante, inquietante y profundamente contemporánea.
Una lectura elegante y venenosa sobre el arte, el miedo y la facilidad con la que uno se acostumbra a lo intolerable.
No ofrece respuestas.
Ofrece algo peor: un espejo.




