MAYHEM: Lady Gaga, la calma dentro del caos

El regreso al pop de Gaga no es nostalgia industrial, sino una reafirmación de identidad en plena era del exceso

MAYHEM (sí, en mayúsculas) es el disco en el que Lady Gaga vuelve a recordar algo que nunca debería haberse puesto en duda: que su “marca” no es un sonido, sino una capacidad casi obscena para mezclar sonidos sin que el collage se le caiga encima. Y eso es importante, porque este álbum llega precedido por una trampa perfecta: estética gótica-cyberpunk, un arranque con “Disease” que parece guiñarle el ojo a la Gaga más abrasiva, y “Abracadabra” como conjuro eurodance-industrial que te hace fantasear con un “Trent Reznor produce a Gaga y el mundo arde”. Si venías salivando por ese camino único, MAYHEM puede parecer una promesa incumplida. Si lo escuchas como lo que es, el resultado se parece más a una tesis: Gaga no es “solo eso”. Gaga es demasiadas cosas. Y, cuando está fina, ese “demasiadas” no es dispersión: es identidad.

De hecho, el gran chiste (y el gran acierto) es que el álbum se titule MAYHEM y, aun así, suene tan controlado. La producción —con Andrew Watt, Cirkut y Gesaffelstein orbitando como tres satélites con agendas distintas— es musculosa, brillante y muy centrada en que todo funcione como pop. Pop de verdad: canciones con ganchos, con melodías que vuelven, con estructuras que no piden perdón por ser clásicas. Gaga puede vestirse de caos, pero sigue siendo una compositora que ama el esqueleto tradicional de una canción. Por eso, incluso cuando el disco se asoma a lo industrial o lo sucio, lo hace con el volante firme. Es “calma dentro del caos” más que caos puro.

El arranque es el bloque que alimenta al fan que quiere mordida. “Disease” abre como un tema oscuro, electropop con filo, una especie de recordatorio de que Gaga sabe sonar peligrosa sin necesidad de gritar “mirad qué peligrosa soy”. Y “Abracadabra” es el gran misil: una de esas piezas que suenan a perfeccionamiento de su propio lenguaje de pista de baile, con ese punto teatral que solo ella puede convertir en himno sin que parezca parodia. Si alguien te pregunta “¿sigue teniendo sentido Gaga como popstar en 2025?”, lo más honesto es ponerle “Abracadabra” y dejarle solo con sus conclusiones.

Pero MAYHEM no se queda en el “dark pop” como souvenir. En cuanto el disco avanza, empieza la verdadera película: la Gaga que toma referencias (disco, funk, rock, electro) y las convierte en “Gaga” antes de que puedas etiquetarlas del todo. “Garden of Eden” es el ejemplo perfecto: tiene ese nervio electro-rock industrial y un punto de exceso nocturno, de decisiones malas pero irresistibles, como si el hedonismo fuese una religión que te obliga a comulgar con pastillas y adrenalina. Y, aun así, no suena a ejercicio de estilo; suena a canción con personalidad, con ese gusto por las codas y los falsos finales que estira el placer como si fuese un truco de magia (o una falta de respeto deliberada a la radiofórmula).

En el centro del disco está la zona donde a muchos les entra la duda existencial: “¿esto es lo que yo quería?”. Porque aquí Gaga se mete más de lleno en el disco-funk, en el brillo, en la pista como lugar de identidad más que como simple baile. “Vanish Into You” es melancolía disfrazada de lujazo disco, y “Zombieboy” es una fiesta que, si la escuchas con la información en la mano, tiene esa capa fantasma de homenaje (celebrar el desfase como forma de duelo). “Killah”, en cambio, es el tema que te descoloca a la primera y te gana a la tercera: sucio, glam, con un punto de Prince pasado por un laboratorio industrial, y con una ambición de producción que se nota en cómo se permite mutar dentro de la propia canción. Es de esos cortes que confirman que Gaga, cuando quiere, sigue jugando en una liga donde el pop no es solo estribillo: es puesta en escena sonora.

¿Hay relleno? En un disco así, siempre hay “temas menores”, pero MAYHEM juega la carta más peligrosa: incluso los tracks menos imprescindibles están tan bien resueltos que cuesta llamarlos “skip”. “Don’t Call Tonight” y “How Bad Do U Want Me” pueden sentirse más convencionales, pero funcionan. Y el detalle importante: la voz. Gaga suena segura. No está en modo “demostración vocal para que me respeten”, sino en modo “sé lo que tengo y lo uso como me da la gana”. Esa seguridad es, quizá, el verdadero regreso a la forma: no al sonido de 2009, sino a la actitud de una artista que no pide permiso.

El tramo final es donde se ve el conflicto entre concepto y mercado, y donde el disco se vuelve más discutible según el oyente. Encerrar varias baladas hacia el final tiene sentido como estructura, pero también abre el debate sobre “Die With a Smile”: como canción es enorme en su propio universo, pero dentro de MAYHEM siempre habrá quien la sienta como apéndice estratégico. Aun así, el álbum insiste en su coherencia temática: amor, fama, identidad, deseo, exceso, dualidad. Si lo que se cuenta es “vivir con el monstruo”, tiene lógica que el cierre busque una luz rara, una tregua, aunque no sea la parte más excitante del viaje.

Y ahí está la clave: MAYHEM no es el disco industrial definitivo que algunos quisieron imaginar. Es algo más interesante (y más Gaga): una reconciliación con su propio legado pop sin convertirse en museo. Toma ADN de The Fame, de Born This Way, de ARTPOP y de Chromatica, y lo empaqueta con producción actual y un pulso compositivo que rara vez se derrumba. Es un álbum que puede decepcionar solo si ibas buscando que Gaga fuese una sola cosa. Pero si aceptas el juego, MAYHEM se convierte en un argumento convincente: Gaga sigue siendo relevante porque, por fin, parece no tenerle miedo a serlo sin justificarse.